La síncopa del corazón
El dolor
cierra los ojos, yo soy la muerte”
“Toma mis manos”
Willie Colón
El dolor… El dolor… El dolor es lo que mejor recuerdo. Aquella deuda saldada, aquella cosa pastosa y al mismo tiempo punzante que me consumía hasta dejarme exhausta y sin consuelo. Muchas veces pensé que, si se intensificaba, podría llegar incluso a ser un deleite, a perder su naturaleza maligna y cruel y convertirse en un placer. Pero no, se mantuvo en el borde, coqueteando con el alivio pero sin abandonarme.
Los otros recuerdos siempre son en sepia, nunca vívidos, siempre dejan claro que eran el pasado. En cambio el dolor se convirtió en mi naturaleza, en mi identidad, en un presente eternizado y melancólico. Creo que tuve dos hijos, un perro, alguien me amó, a alguien amé. Pero no puedo recordar exactamente las emociones ni los hechos concretos. Casi todo se borró.
Casi.
Recuerdo clarísimamente el sabor de la menta y el de la parchita, perfumado y optimista. Recuerdo que una vez me emocioné al ver el cambio de verde a naranja de un ají dulce que crecía desvergonzado en el jardín de mi casa, recuerdo haberme sentido feliz, recién bañada, con el cabello húmedo, untándome crema en las piernas, recuerdo el frío del suelo del páramo andino. Casi todos recuerdos inconexos, circunstanciales, que no me dan referencia de mi vida afectiva, la cual se fue desvaneciendo en cada punzada de dolor amargo y sarcástico.
Es extraño, cuando el dolor daba una tregua, quería bailar. Pero eso ocurrió unas tres o cuatro veces en aquél tiempo, de resto viví atravesada por una daga hirviente que separaba mi cuerpo en dos y mi mente en miles de pedazos.
Un día, mis súplicas fueron atendidas: el dolor se hizo tan agudo, tan profundo, que me enamoré de él. Su intensidad fue tan seductora y tan exquisita que me le entregué como una virgen, ruborizada y feliz de sucumbir ante su encanto. Me abrazaba de pies a cabeza, me susurraba promesas de amor y eternidad al oído, cantaba para mí con voz de barítono y me daba a beber de su torrente un néctar, dulce y especiado, que me hizo ver de nuevo a colores. Su abrazo le devolvió calidez a mi cuerpo maltratado y agónico y jamás estuve tan viva como cuando acepté su beso translúcido, de luz de bengala, de mango de hilacha, de agua de mar, de re menor, de bendito sea Dios, de no tener miedo por primera vez en mi vida.
El gringo
El gringo, sancochándose del calor a orillas del Coquivacoa, engullía, parsimoniosa e inalterablemente, kilos y kilos de huevas de iguana, con las venas del cuello marcándosele, los chorros de sudor corriéndole por la frente y bendiciendo su suerte.
El gringo había llegado a
Jugaba béisbol en la hora abrasadora de las 3 de la tarde, se disfrazaba en navidad de San Nicolás, cantaba los coros de las gaitas, inauguraba supermercados, bautizaba niñitos, cazaba iguanas para darse banquete con sus huevas y amarraba las hallacas de las casas vecinas.
Muchos niñitos de de ascendencia wayú se llamaron como el gringo, y las mujeres se lamentaban de que la versión femenina de ese nombre sonara tan feo que ni un maracucho se atreviera a llamar a una inocente niña de esa manera. Muchos años después de su muerte, un concurso de comedores de huevas de iguana y una beca para niños talentosos en el Béisbol, llevan su nombre.
El día que ella lo vio, venía de la mano de su hija. Ella terminaba de freir las últimas empanadas del día y la niña jugaba en la plaza de enfrente cuando el gringo, hambriento como era su estado natural, le preguntó a la niña donde podía comer en su dialecto de señas corporativo. La niña tomó la mano monumental del gringo y se lo llevó a su madre y en un acto premonitorio le dijo “Mami, mi papi tiene hambre”. Ella, que era viuda y que sabía que su hija tenía la lengua llena de presagios, miró al gringo y lo primero que le inspiró fue piedad “pobrecito, parece una langosta de tanto sol”, agradeció que el gringo no entendiera a la niña y le sirvió las empanadas hirvientes que le quedaban y un vaso de horchata.
El gringo se volvió loco. Abandonó sus puntuales visitas al burdel del pueblo y las mariposas nocturnas se dedicaron a llorar y a escribir canciones sobre el amor de un gringo que se fue y no volvió, compraba todas las empandas que ella freía y se las comía de un solo bocado para demostrarle su amor, aprendió las únicas diez palabras en español que siempre pronunció bien para decirle: “bonita señorita, usted es la flor del desierto, cásese conmigo”, se disfrazó de San Nicolás en pleno Junio para llevarle regalos, cantaba en su ventanas los blues adoloridos de Nueva Orleáns y una noche deliró hasta la extenuación de fiebre por haber pasado la tarde entera recitándole a gritos y en inglés los fogosos versos de Walt Witman en la plaza frente a su casa. Ella decía que no podía casarse con un gringo regorgallero que comía huevas de iguana como postre, que eructaba como un trueno y que podía tomarse cuatro litros de horchata de una sola vez. Pero sus argumentos no aguantaron el caudal escandaloso del amor del gringo quien le suplicó, a través de un intérprete, que remediara su esterilidad genética y le permitiera ponerle su apellido sajón a la niña.
Las señoritas casaderas de familias de bien no dieron crédito a sus oídos cuando se regó por el pueblo que el gringo se casaba, no con una de ellas, no con una gringa, sino con una viuda vendedora de empanadas, curvilínea, morena y de ojos verdes nativa de Santa Lucía. Se dijo que ella lo había emponzoñado del mal de amor con una pócima revuelta con la horchata, se dijo que la niña era de él y que en un viaje anterior había dejado ese cabo suelto y ahora tenía que recogerlo, se dijo que los ojos verdes de ella funcionaban como maleficio para los gringos grandes, rosados y felices, se dijo que era la niña la que ejercía esa atracción con el poder insondable de su orfandad, se dijeron muchas cosas de las cuales ellos jamás se enteraron porque en la embriaguez del amor bilingüe, compraron una casona de fachada de colores y allí vivieron, dichosos, hasta que el gringo murió de viejo en los brazos de ella, recitando los versos ardientes de Walt Whitman y jurándole amor eterno más allá de todos los tiempos.
Quiso el destino que yo naciera de la unión surrealista de un antropólogo maracucho y una socióloga caraqueña de familia gocha. Quiso además que naciera a principios de los años setenta en la Caracas de neblinas y de la post guerrilla. Quiso también que en esa mezcla se unieran los fuertes rasgos timotocuica de mi abuelo materno con la locura genética de mi padre en donde hay orfebres suicidas y zulianas de ojos verdes adivinos, descendientes de árabes.
No contento, el destino me tendió una jugarreta, mandó a mi padre a U.S.A a estudiar veterinaria, pero allá, libre de los antedichos ojos verdes de mi abuela, decidió que iba a estudiar antropología para siempre y que iba a ser comunista, mientras mi madre sobrevivía a la dureza de vivir bajo el manto de hierro de la moral andina de ventanas diminutas en el calor sofocante de Maracay.
Se encontraron en la escuela de Sociología de la U. C. V, él era profesor sapientísimo pero con tendencias de torturador, ella una niña que no tenía ni idea de donde se había metido. Cuando mi mamá estaba a punto de graduarse, él se dio cuenta de su existencia; se vieron, se amaron y aquí estoy.
Mi infancia fue colorida; me arrullaban con “que culpa tiene el tomate de estar tranquilo en la mata…” jugaba poco con muñecas, pues me interesaba más la música, sobre todo esa que me llegaba a los huesos que cantaba una señora argentina enorme a quien le decían “La Negra” y que hablaba sobre una mujer que jugaba con caballos marinos en una ronda.
Mi mamá y mi papá leían mucho, en vez de ir a la playa (prohibida para mi mamá, porque el sol le manchaba la cara) se quedaban acostados, arropados hasta la barbilla, cada uno con un libro, en el mayor de los placeres, mientras yo me preguntaba qué hacían los otros niñitos para llegar al colegio con otro color en la piel.
Mi mamá y mi papá me adoraron siempre; mi papá en su desequilibrado modo bipolar, mi mamá a su manera desprejuiciada y de buen humor; jamás me mintieron con cuentos sobre el niño Jesús, siempre me hablaron con la verdad.
Me compraron un cuatro para que al fin yo fuera feliz e hiciera mi propia música, me regalaban libros de cuentos y pintaron una pared de rosado en mi cuarto. Me llevaban al cine y a mi disfrute favorito: comer. Íbamos al “Veccio Mulino” donde yo comía ravioli a la crema bañados en parmesano y ahí entendí el concepto de la palabra placer. Me inscribieron en el mejor colegio del mundo, en el cual los niños opinábamos, aprendíamos música, bailábamos y nos cuidaban como si fuéramos todos de la misma familia.
Pero ellos eran gente responsable, intelectuales con conciencia social, con preocupaciones ecológicas, con identidad nacional. Eran críticos, analíticos, auto conscientes y protestatarios. La verdad es que yo podría resumir todo esto diciendo que eran excéntricos.
Ellos excéntricos y yo su conejillo de indias.
Un día a mi mamá le pareció una idea fabulosa pedirle a mi papá, que iba a Maracaibo, que me trajera una manta guajira. Lo insólito no es que ella se lo pidiera, lo asombroso es que a él le pareciera una idea estupenda. Pasaron los días y, además de mis codiciados huevos chimbos, mi papá me trajo una manta guajira talla 8, fucsia con dibujitos.
Pero más pasmoso aún, ellos no pensaron ponerme la manta para carnavales… Bueno, no al menos inicialmente. Ellos pensaron que ese podía ser un look perfectamente normal para una niña con un corte totuma un miércoles a las 3 de la tarde para ir a comer helados.
Yo, que veía que mi mamá usaba huipiles guatemaltecos para ir al Cada, jamás cuestioné la pinta; hasta que… Llegaron los carnavales.Ya había pasado por una experiencia frustrante. Yo tenía un pijama chino al que adoraba; supongo que por falta de dinero (es que teníamos mucha conciencia de clase) mi mamá me encasquetó el pijama, me achinó los ojos con delineador y así me mando al colegio a festejar los carnavales; yo me sentí estafada.
Pero esta vez, la cosa era más grave, me pusieron mi manta, unas sandalias de borlas, y así fui… A lanzar papelillos en Los Próceres, mientras mis amiguitas, menos comprometidas con las reivindicaciones sociales de las minorías, se disfrazaban de Mujer Maravilla o de Fresita.
Afortunadamente el tiempo pasó, vinieron disfraces fascinantes de gitana, bailarina y payaso. Cualquier cosa que no mancillara mi formación ideológica.
El mismo tiempo que me deparó esos disfraces, fue cambiando los pensamientos de mis padres. Papá empezó a escribir sobre apariciones marianas y mi mamá a leer sobre reencarnación y perdón.
Papá murió pensando que el comunismo era un espejismo donde se deformaban las buenas voluntades. Mamá, luego de separarse de él y encontrarse consigo misma, descubrió que la autoconciencia es bastante más que el cuestionamiento hacia afuera y que le importaba tanto la vida material como la inmaterial. Ahora, con algunos retoques estéticos, bastante formación esotérica y un post grado en Psicología Social, es capaz de decirme con el mayor desparpajo: “Yo ya pasé mi fase étnica… Ahora, me gusta la ropa sexy”
El cordero, marinado con hojas de romero y vino, es llevado por los hombres al horno; yo pido permiso para hacer el pan.
Bendigo la harina, el agua, el aceite y me pongo manos a la obra, mientras pienso en su mirada; es tan intensa y al mismo tiempo tan dulce que me produce mucha turbación. Habla como si no tuviera miedo de nada, ríe suavemente y trata a todos, mujeres y hombres, como si fuéramos sus hijos.
Dejo la masa y me asomo a la ventana. Los niños que corren jugando hacen un escándalo que me gusta. Las mujeres comenzaron a cantar; me siento conmovida sin razón, tengo deseos de orar y agradecer y las lágrimas a flor de piel. Sé que no tengo motivos para llorar, pues él es el agua que nos sacia la sed; desde que lo oí por primera vez dejé de sentir esa sed que me despertaba por las noches, asustada y sola. Mi señora me llama para que corte las cebollas, voy enseguida sabiendo que así podré disimular estas lágrimas.
La tarde transcurre entre sobresaltos, trajeron el vino y otro cordero, pues hoy comerá una multitud aquí. Limpié la sala donde recibiremos a nuestros invitados, llené las lámparas con aceite y puse el agua en las ánforas de barro para que se decante.
Amaso, estiro y corto. Mientras lo hago pienso en mi maestro, sentado frente a mucha gente diciendo cosas que yo jamás había oído. El centro de sus palabras es el amor; a los semejantes, al prójimo, al enemigo. Pienso en lo difícil que es amar a Roma y lo fácil que es amar a mi madre.
Mientras horneo el pan, recuerdo aquél prodigio que me convenció. Una muchedumbre hambrienta lo seguía, él regalaba sus palabras y su consuelo. En un momento, el hambre fue el protagonista y no había más que unos cuantos pescados y pocas piezas de pan. Mi maestro hizo un ademán y milagrosamente, los pescados salían de la nada, los panes se reproducían, panes deliciosos como jamás volví a comer. Ese día entró en mi corazón, él sació el hambre de la gente con pan y con su amor.
Nos avisan que ya vienen, las mujeres nos escondemos en la cocina, mi corazón canta un galope mientras veo entrar a mi maestro. Es tan delgado, tan frágil, tan sonreído. Todos se sientan y están alegres. Mi señora les da la bienvenida y les sirve vino, mientras nosotras ponemos los manjares en los platos para agasajarlos.
El pan que amasé apenas sale del horno, el olor del trigo me llena el espíritu de gozo, tomo un pedazo y lo pruebo, me encanta el pan. Mi señora me llama y me dice que mi maestro quiere que todos cenemos con él. Me tiemblan las manos, no se supone que hombres y mujeres compartamos los rituales, pero él parece tener una ley propia, una ley de igualdad. Oigo a lo lejos sus palabras, mientras rezo para no derramar la comida en el piso.
Cuando entro en la sala, todo parece iluminado con un halo de irrealidad. Nos dice “Bienvenidas, hermanas”. Mis lágrimas logran escapar como respuesta a su saludo. Torpemente me siento y sé que el rubor me delatará.
Comenzamos a comer, todos como iguales, compartiendo los manjares que hicimos en el día. Casi no lo miro, pero escucho cada palabra. Detesto cuando lo interrumpen sus discípulos, pero él pacientemente responde sus preguntas.
Mi corazón se rebosa cuando, levantando la copa dice que bebamos todos de ella, pues
ese vino es su sangre. El pavor me paraliza cuando toma el pan que amasé y dice “Coman de él, pues éste es mi cuerpo”.La cena termina y mi maestro se retira a orar. Yo me escabullo de los ojos de mi señora y lo sigo en silencio. Me escondo detrás de un arbusto y veo como se dispone a rezar. Lo acompaño en su oración y pido por él, por mí, por los míos.
Mientras estoy absorta en mis oraciones, siento un ruido de voces que me espanta. Veo venir a varios hombres, uno de ellos besa a mi maestro. Me quedo mirando como tras una fugaz lucha todos se van, mientras yo siento un frío en los huesos y comprendo que me he quedado más sola que nunca.
Mi señora me llama, antes de dormir debo cernir la harina para el pan de mañana.


