Estoy en Mérida
Esta ciudad me revitaliza. para mí estar en Mérida es como volver a mi hogar (aunque sólo haya vivido aqui tres años en los tempranos 90´s)
En casa de mi amiga Raiza Andrade, me tropecé con una joya: Veintitantos amores y pico de Mónica Montañes. Aquí transcribo un cuento con tintes gastronómicos que me pareció divertidísimo y arrancado de la vida misma:
La indecisión de la Nena

Mónica Montañes
Veintitantos amores y pico


La Nena estaba sentada frente a las flores del doctor Novoa y al frasco de dulce de lechosa, indecisa.
De un lado, aquellas rosas magníficas, de tallo largo, largísimo. Del otro, aquel melao exquisito, con el punto de clavo y papelón exacto. En una mano, la tarjetita con el número privado, tentándola. En la otra, la cucharita de metal ya lista. Dos caminos muy distintos hacia dos placeres muy distintos y ella, divertida, saboreando su indecisión.

Por un lado, el doctor Novoa, tan rico, tan recién divorciadito, con aquel bigote tan pobladito colgándole del despecho. Cincuentón sabroso, corrido en mil plazas, olorosito a perfume, con la seguridad en sí mismo recién resquebrajada por el abandono, inesperado y fulminante de su señora, Natalia. Tan bonito y desprotegido que había quedado luego de que Natalia, furiosa por el último cuerno, le jurara y cumpliera su venganza. Tan solito y tembloroso que andaba porque su mujer no sólo le había puesto cuernos y se lo había dicho, sino que se había enamorado y hasta ido con un hombre más millonario que él. Pobrecito. Y tan sensual que le resultaba a La Nena la idea de llenarle de besos aquella boca atónita, aquellas manos sin pulso con su cuerpo, aquel susto de ganas, aquella rabia de sexo, aquel silencio de yo si te quiero, papi, aquella tristeza inmensa con su risa desfachatada. Bello el doctor Novoa, enfluxadito, entalcadito, recién bañadito, pidiendo cariño a cambio de esas manos enormes, de uñas amplias y pulidas, de esos zapatotes talla cuarenta y déle, presagiando y prometiendo otras dimensiones tan atractivas como él. Rato que tenía La Nena midiéndole el tumbao al doctor Novoa, las carencias al doctor Novoa, el hambre y la vergüenza en la mirada. Rato que tenía La Nena tropezándoselo en los pasillos, oliéndole las intensiones y el susto, hasta que hoy, mira tú, le llegaba una sugerencia envuelta en rosas de tallo largo. Era sólo cuestión de llamarlo, agradecerle el gesto, darle pié a la pregunta, sonreírle en la respuesta, perfumarse las intenciones y apostarle a la felicidad. Eso por un lado.

Por el otro, el frasco recién llegado de Barlovento, tan rico, tan recién hecho, con aquellas tiras de lechosa verde, cocinaditas a fuego lento hasta volverlas dulce translúcido tostao, con sus tropezones de clavo de olor, con el juguito pringoso del papelón bañándoles la oferta. Rato que tenía La Nena soñando con aquel encargo que le llenaría la boca de milagros y recuerdos. Rato con el paquetito de galletas María esperando en la alacena para matizarle el antojo. Rato disfrutando por adelantado el momentito glorioso en el que el melaíto le bañara la lengua y le acariciara y carraspeara en la garganta, poco a poco, pedacito a pedacito, y mira tú que justo hoy, al mismo tiempo que las flores, le llegaba aquel goce infinito en frasco tibio. Era sólo cuestión de desenrollar la tapa, servirse una buena porción en el plato vacío, bañarla con el juguito marrón caramelo, mojarle las puntitas a la galleta, entrarle lentamente con la cucharilla de plata, cortarlo con los dientes, relamerse las gotitas y apostarle a la felicidad.

La Nena no podía decidirse entre el doctor Novoa y el dulce de lechosa, tan buenos que debían estar ambos. Se acomodó mejor en la poltrona y entrecerró los ojos intentando buscarle los contras a alguno de los dos.

Por un lado, el doctor Novoa era un patán. De esas maravillas de hombres que esconden, mal, peores personas. Capaz de bajezas subterráneas y comentarios soeces y a destiempo. Pichirre en los halagos, generoso en frases hirientes. Cobardón y prepotente o viceversa. Aficionado a la crítica destructiva para ocultar sus defectos. Complejo animal de corbata que navegaba cómodo mientras la pareja se le sintiera agradecida con sus escuálidas deferencias y no se diera cuenta de que era él quien se estaba muriendo, agradeciendo. No en balde, Natalia había salido huyendo en lo que el otro la aceptó rendido como la princesa que era. Y ese abandono – de eso La Nena estaba más que conciente – debía haber puesto el ego del doctor Novoa en el ánimo de quien quiere revancha. Claro que ella no lo quería como marido, Dios me libre, pero siempre se corría el riesgo de engancharse en la tentación de cambiarlo y de hacerlo feliz. De que con ella iba a ser distinto. Era cuestión de hacerse la loca, perder en un descuido la tarjeta, dejar el agradecimiento del gesto para la sequedad de un pasillo, no darle pié la le pregunta, obviarle la respuesta, traspapelar las intenciones y apostarle a la tranquilidad. Eso por un lado.

Por el otro, el dulce de lechosa en almíbar de papelón engordaba como nada, le iba a acarrear unos kilos que no necesitaba en lo más mínimo, la obligaría a darle más vueltas al parque, mareándole la agenda, a condenarse a la lechuga y a la pechuguita de pollo a la plancha, a irse a la cama sin cenar. No en vano había extirpado de su dieta los azúcares, para permitirse tan sólo, alguna que otra tarde de domingo sin mejor plan, una bandejita de caracolas llenitas de pasas. Era cuestión de guardar el frasco en uno de los gabinetes de arriba, llevarlo en la mañana a la oficina, compartirlo con todos los del piso, probar únicamente una ñingita antes de alguna junta urgente y apostarle a la tranquilidad de la balanza.

La Nena no lograba decidirse, pero tampoco lograba negarse los dos placeres. Eso si sería como mucho, como demasiado. Sólo lanzándose de cabeza sobre alguno de los dos podría soportar obviar al otro. También estaba el momentazo en el café de las cuatro y media de la tarde, frente a las colegas. La cara de envidia que podrían todas cuando ella, sonriendo, triunfal, soltara como si cualquier cosa, “¿El doctor Novoa?, ese cuerpito fue mío”, para luego verlas murmurar, odiándola. Eso la haría feliz, pero no más feliz que zamparse el frasco entero de dulce de lechosa sin contárselo ni compartirlo con nadie.

Ya no soportaba más La Nena tanta indecisión y, harta de pensarlo tanto, optó por lo que consideró más seguro e inmediato. Destapó el frasco y arrancó. Estaba inmenso. Había tomado la decisión correcta. Siempre podía llegar al día siguiente a la oficina, sonreír llena de pecados y dejar colar la noticia de que ayer había recibido un ramo de rosas magníficas de tallo largo de parte del doctor Novoa, picarle el ojo a la más chismosa y dejar que todas completaran el resto del cuento. Disfrutaría lo mismo porque la odiaría idéntico. Eso por un lado.

Por el otro, pensó La Nena, divertida con el plato de dulce de lechosa con galletitas, ella nunca había hecho el amor con la boca llenita de melao de papelón y, quien podía jurar lo contrario, a lo mejor los clavos de olor y el doctor Novoa resultaban la combinación perfecta.

Tarea

Mi querida María Dolores me invitó a responder este cuestionario:


1. ¿Cuáles son los olores y sabores que te recuerdan la infancia?

Cuando era pequeña, mi abuela vivía en Maracay (una ciudad calurosísima), cuando llovía la ciudad se enfriaba y ella me hacía un té de ruda con leche; cada vez que huelo la ruda, me acuerdo de eso. La arepa con mantequilla y queso rayado, los almidoncitos, los ravioli con crema blanca, el queso pecorino, el mango, la torta fresier.

2. ¿Cuál es el personaje de alguna historia, novela, cuento o película que te hubiese gustado ser?

Me hubiera encantado ser ese romano que le dijo a Jesús “No soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanar”.
Hubiera sido feliz siendo Mary Poppins o Jessica Rabbit.

3. Si fueses mascota ¿cuál escogerías y cómo te gustaría que te trataran?

Un tigre de Bengala amaestrado. De esos que conviven con los humanos, se divierten con ellos, comen rico y juegan, pero que siempre están en la línea entre la mascota y el animal salvaje.

4. Alguna maña o manía que conservas aún después de grande.

Hago muchos gestos faciales. De chiquita me decían morisqueta.

5. Si volvieras a la adolescencia ¿qué aspecto de tu vida te hubiese gustado cambiar?

Uff… Yo si que cambiaría cosas. Quizás la angustia. Siempre he pensado que la adolescencia es una enfermedad que se cura con el tiempo. Si pudiera cambiar algo sería la angustia que siempre sentí con respecto al futuro.

6. ¿Cómo imaginabas tu vida cuando eras niño?

Estaba segura de que iba a ser obstetra.

7. ¿Alguna vez se te ha escapado algún sueño?, si son muchos ¿Cuál te hubiese gustado atrapar?

Me hubiera encantado seguir cultivando mi aspecto físico con el ballet. Soy una bailarina atrapada en éste cuerpo gordito… Jejeje

8. ¿Cómo te gustaría que te recordaran tus hijos?

Como alguien con quien aprendieron, se divirtieron, se sintieron respetados y les proporcionó tanto amor y seguridad que se dieron cuenta de que la vida es más fácil de lo que parece.

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“Pintar es como comer”
Ayer Tomás nos invitó al cierre de la FIA. Nos dimos un banquete de belleza, optimismo y disfrute, viendo lo mejor del arte de todas las Américas.
Me impresiono especialmente el colombiano Darío Ortiz, quien me hizo pensar que nada se esconde para un verdadero artista.
Pero la gran sorpresa fue encontrarnos a Ramón Chirinos. Amigo y compadre de mi esposo y uno de los artistas plásticos más prolíficos y talentosos de Venezuela.
Ramón, encantado de conseguirse con amigos, nos contó que la FIA había sido un éxito. En un país donde el arte parece estar relegado a un segundísimo plano, un espacio como la FIA, en el cual los artistas plásticos se pueden encontrar con el público, hambriento de belleza y dispuesto a robarle horas al tráfico, es una buena noticia.
Ramón, reflexionando sobre el apego del artista a su obra y las dificultades de algunos pintores para decidirse a vender sus pinturas nos dijo: “Pintar es como comer, lo disfrutas mientras lo haces; luego, la pintura es de los demás”.

Amigos, disfruten de las obras gastronómicas de Ramón Chirinos:

Cocina Solar

Siempre he pensado que lo que nos hizo Homo Sapiens fue habernos dado cuenta de que podíamos comer mejor si cocinábamos los alimentos (seguramente un arquitecto piense que lo que nos hizo Homo Sapiens fue habernos dado cuenta de que viviríamos mejor en casas construidas por nosotros mismos).
Creo que el ingenio gastronómico, aquél que se despierta no sólo para satisfacer el hambre, sino para hacer de la experiencia alimenticia un momento de goce y elevación, nos hace seres sensibles, empáticos, generosos y felices.
Y una de las formas más ingeniosas que he visto para cocinar ha sido utilizando la energía solar.
Resulta que a nosotros en Venezuela nos parece normal utilizar gas para cocinar; los norteamericanos piensan que es natural no sólo cocinar sus alimentos con electricidad, sino también lavar sus platos con ella. El mundo industrializado usa los recursos energéticos con bastante indiferencia, dándolo todo por sentado.
Pero en África, donde los recursos naturales se extinguen, al parecer sin remedio, un poco de calor para cocinar cuesta muchísimo, no sólo trabajo, sino leña, que viene de árboles que deberían seguir en pié si no queremos que la sequía y la deforestación acaben con el mundo.
Es por eso que gente ingeniosa y sensible ha desarrollado la cocina solar. En India, donde la pobreza va de la mano con la entrega espiritual, existe una cocina solar que alimenta a 18.000 personas diariamente.
En los Andes bolivianos, en Kenia, Burkina Faso, Jamaica, Cuba, Perú, Nicaragua, Nepal, Haití, Tanzania y otros lugares que no han sido aún referencia gastronómica mundial, están ocurriendo cosas que para mí son el inicio de la nueva cocina, la cocina ecológica, libre de contaminación y que, seguramente, desarrollará sus propios métodos de cocción, sus propios platos y su propia filosofía.

Para saber más: La cocina solar, Principios de diseño de la cocina solar, Fuego solar en África, Cocina solar para 18.000 personas en India, Cocina solar en español.

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Nota Pública
Yo, Karina Pugh, C.I: 11.226.951, quiero mediante esta nota pública, desvincular mi nombre y mi actividad profesional de la empresa Aroma de Altura y la escuela de cocina Cátedra Gastronómica.

Porque creo en la honestidad y en el trato transparente.
Porque me gustan los negocios dignos.
Porque he trabajado toda mi vida para hacerme de un nombre respetable con el único material de mí trabajo, mi esfuerzo y mi profesionalismo.
Porque los sentimientos que siempre he tenido hacia las personas que eligen aprender cocina de mi mano son el respeto, la consideración y el orgullo.
Porque mi honorabilidad es mi posesión más preciada.
Porque sólo trabajo en ambientes donde se respire honradez y probidad.

Me desligo completa y definitivamente de la empresa Aroma de Altura y la escuela de cocina Cátedra Gastronómica.

La escisión, la integración.

Sé que todos hemos pasado por esto.

Uno siente que está dividido, que es dos personas distintas. Un lado pide algo, el otro lo niega. Un corazón suplica, las manos lo ignoran. Un hemisferio cerebral corre con ímpetu hacia su meta, el otro sabotea arrojando piedras en el camino.

Es una situación humana, querer algo y tenerle miedo, llorar por algo y disfrutarlo al mismo tiempo.

Tarde o temprano, el alma grita por orden, por simplicidad, por unificación; y uno, luego de la batalla interna, vuelve a su estado natural: ser quien uno es y punto.

Hoy me encontré con este video que metaforiza hermosamente esta locura humana de ser y no ser.

Amigos, disfruten a Jerome Murat



P.D: Esa música celestial del principio del performance es una versión de “El Oboe de Gabriel”. La escribió Ennio Morricone para la película “La Misión”)

Al pan pan y al vino vino

Para Rey en su cumpleaños

Yo llamo a las cosas por su nombre. Al amor lo llamo amor y no uso eufemismos. Aunque, de vez en cuando, el amor se me revela como miel
fresca que besa a las crepes humeantes, como un soufflé que de tanto amar se esponja y coquetea.

Yo llamo a todas las cosas por su nombre. Pero a veces cuando te digo que te quiero, mi boca se transforma en un manantial de almíbar de azahar, otras veces en cristales de manzana y otras en pedacitos de melcocha de la infancia.

A mi me gusta llamar a cada cosa por su nombre, pero también me encanta bailar sobre las palabras que digo. Me gusta decir las palabras lentamente para que se vayan convirtiendo en seda que te abraza y te cobija, que te cubre y te protege.

Yo suelo darle a cada cosa su nombre, pero también sé que un pan es mucho más que una masa levada y horneada, sé que es el alimento de nuestro día a día; así como sé que tú eres el alimento de mis días, el perfume de mi alma.

ME GUSTAN LOS ESTUDIANTES


La pérdida


El primer indicio de mi vocación gastronómica lo recibí en Mérida… En el año 1993.

Asistía a los talleres de textiles de la U.L.A en las mañanas. Aprendía los secretos de las tramas y urdimbres, teñía lanas y me decía a mí misma que, luego de tantos años de torpeza manual, al fin había conseguido darle un uso artístico a mis dedos.

Un día, al regresar del taller, encendí el televisor y vi a un cocinero, con claro acento vasco, cocinar mientras comentaba lo bello que era el mar que estaba tras de si. Fue un embrujo instantáneo, lo amé de inmediato. Me apresuraba a terminar mi trabajo en el taller para irme veloz a mi casa y anotar las recetas que este encanto de hombre, Karlos Arguiñano, regalaba por televisión.

Luego de varios años, decidí dedicarme a la cocina profesionalmente.

Luego de más años aún me enteré por una fuente directa, de que Arguiñano colabora de manera entusiasta y permanente con iniciativas sociales en Petare y forma a muchachos venezolanos con vocación culinaria en su restaurant escuela.

A veces pienso que, de no haber sido por esos mediodías merideños en los cuales miraba embelezada a Arguiñano cocinando a orillas del Mar Cantábrico y decorando todos sus platos con perejil, yo no hubiera sido cocinera.

Y en ese entonces… Vi a Arguiñano por Radio Caracas Televisión.
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El libro que siempre quise escribir

Héctor Abad Faciolince es el autor del libro que siempre quise escribir: "Tratado de Culinaria para Mujeres Tristes". Una joya que guardo como mi libro de cabecera.

Hoy recibo de mi amiga Raiza Andrade esta delicia que escribe Abad Faciolince, una mirada masculina sobre la mujer que respira en estos tiempos. Disfruten:


Elogio de la mujer brava


Por: Héctor Abad


Estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas.

A los hombres machistas, que somos como el 96 por ciento de la población masculina, nos molestan las mujeres de carácter áspero, duro, decidido. Tenemos palabras denigrantes para designarlas: arpías, brujas, viragos, marimachos. En realidad, les tenemos miedo y no vemos la hora de hacerles pagar muy caro su desafío al poder masculino que hasta hace poco habíamos detentado sin cuestionamientos. A esos machistas incorregibles que somos, machistas ancestrales por cultura y por herencia, nos molestan instintivamente esas fieras que en vez de someterse a nuestra voluntad, atacan y se defienden.

La hembra con la que soñamos, un sueño moldeado por siglos de prepotencia y por genes de bestias (todavía infrahumanos), consiste en una pareja joven y mansa, dulce y sumisa, siempre con una sonrisa de condescendencia en la boca. Una mujer bonita que no discuta, que sea simpática y diga frases amables, que jamás reclame, que abra la boca solamente para ser correcta, elogiar nuestros actos y celebrarnos bobadas. Que use las manos para la caricia, para tener la casa impecable, hacer buenos platos, servir bien los tragos y acomodar las flores en floreros. Este ideal, que las revistas de moda nos confirman, puede identificarse con una especie de modelito de las que salen por televisión, al final de los noticieros, siempre a un milímetro de quedar en bolas, con curvas increíbles (te mandan besos y abrazos, aunque no te conozcan), siempre a tu entera disposición, en apariencia como si nos dijeran "no más usted me avisa y yo le abro las piernas", siempre como dispuestas a un vertiginoso desahogo de líquidos seminales, entre gritos ridículos del hombre (no de ellas, que requieren más tiempo, y se quedan a medias).

A los machistas jóvenes y viejos nos ponen en jaque estas nuevas mujeres, las mujeres de verdad, las que no se someten y protestan, y por eso seguimos soñando, más bien, con jovencitas perfectas que lo den fácil y no pongan problema. Porque estas mujeres nuevas exigen, piden, dan, se meten, regañan, contradicen, hablan, y sólo se desnudan si les da la gana.

Estas mujeres nuevas no se dejan dar órdenes, ni podemos dejarlas plantadas, o tiradas, o arrinconadas, en silencio, y de ser posible en roles subordinados y en puestos subalternos. Las mujeres nuevas estudian más, saben más, tienen más disciplina, más iniciativa, y quizá por eso mismo les queda más difícil conseguir pareja, pues todos los machistas les tememos.

Pero estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas. Ni siquiera tenemos que mantenerlas, pues ellas no lo permitirían porque saben que ese fue siempre el origen de nuestro dominio. Ellas ya no se dejan mantener, que es otra manera de comprarlas, porque saben que ahí -y en la fuerza bruta- ha radicado el poder de nosotros los machos durante milenios. Si las llegamos a conocer, si logramos soportar que nos corrijan, que nos refuten las ideas, nos señalen los errores que no queremos ver y nos desinflen la vanidad a punta de alfileres, nos daremos cuenta de que esa nueva paridad es agradable, porque vuelve posible una relación entre iguales, en la que nadie manda ni es mandado. Como trabajan tanto como nosotros (o más) entonces ellas también se declaran hartas por la noche, y de mal humor, y lo más grave, sin ganas de cocinar. Al principio nos dará rabia, ya no las veremos tan buenas y abnegadas como nuestras santas madres, pero son mejores, precisamente porque son menos santas (las santas santifican) y tienen todo el derecho de no serlo.

Envejecen, como nosotros, y ya no tienen piel ni senos de veinteañeras (mirémonos el pecho también nosotros, y los pies, las mejillas, los poquísimos pelos), las hormonas les dan ciclos de euforia y mal genio, pero son sabias para vivir y para amar, y si alguna vez en la vida se necesita un consejo sensato (se necesita siempre, a diario), o una estrategia útil en el trabajo, o una maniobra acertada para ser más felices, ellas te lo darán, no las peladitas de piel y tetas perfectas, aunque estas sean la delicia con la que soñamos, un sueño que cuando se realiza ya ni sabemos qué hacer con todo eso.

Somos animalitos todavía, los varones machistas, y es inútil pedir que dejemos de mirar a las muchachitas perfectas. Los ojos se nos van tras ellas, tras las curvas, porque llevamos por dentro un programa tozudo que hacia allá nos impulsa, como autómatas. Pero si logramos usar también esa herencia reciente, el córtex cerebral, si somos más sensatos y racionales, si nos volvemos más humanos y menos primitivos, nos daremos cuenta de que esas mujeres nuevas, esas mujeres bravas que exigen, trabajan, producen, joden y protestan, son las más desafiantes, y por eso mismo las más estimulantes, las más entretenidas, las únicas con quienes se puede establecer una relación duradera, porque está basada en algo más que en abracitos y besos, o en coitos precipitados seguidos de tristeza: nos dan ideas, amistad, pasiones y curiosidad por lo que vale la pena, sed de vida larga y de conocimiento.

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