Hoy voto

Tengo un mes pensando en este post, en lo que quiero decir, lo que debo decir (que es exactamente lo mismo). Tengo un mes preguntándome cuál es mi mejor conducta, cuál es mi mejor reflexión, qué me debería distinguir como ser humano, a cuáles cosas le temo y cuáles me entusiasman.

Una de las cosas sobre las cuales pensé más es sobre si mi conducta y mis reflexiones dependen de la conducta y reflexiones de otros... Por supuesto que si. Los demás me informan, me iluminan, me aleccionan, me quitan las ilusiones o me las regalan. Pero, en el momento de la verdad, uno está solo en el mundo cuando va a tomar una decisión.

Pensé también en que si, por sospechar que el otro no es transparente, o al menos a mi no me lo parece, eso deba influenciar en el hecho de hacer lo correcto. Y llegué a la conclusión, desnuda y contundente, de que lo único que yo poseo en esta vida es mi dignidad, y ésta no está sometida a ambiguedades.

Si los otros deciden trampear, deciden irrespetar, eso es otra cosa. Yo no me puedo quedar cruzada de brazos cuando lo único que está a mi alcance es votar.

Por eso: Hoy voto.


Los ganadores de Estampas

La revista Estampas premia todos los años a cocineros aficionados que exponen sus recetas a concurso. Hace 2 años, mi queridísima ex alumna Mariajota del Castillo quedó como finalista con esta maravilla de ensalada de remolacha, piña y nueces.

Este año, los organizadores del evento lanzaron un reto: los platos debían ser deconstrucciones.

La ganadora de primer lugar es Rosa del Valle Díaz, con su versión del Tarkarí de chivo.

Me parecieron interesantísimas y valientes las propuestas de Claudia Trincado (cuarto lugar) con sus tequeños de pabellón y la auyama rellena de Laura Rejón (Mención especial como plato más original y creativo).

Una vez oí a un experto en paradigmas decir, que los verdaderos innovadores, los que proponen cosas originales, nunca son los especialistas en el tema, siempre son los que están afuera y que, con una mirada fresca y desprejuiciada, son capaces de aportar ingenio y soluciones. Felicidades a los que participaron, a los finalistas y a la flamante ganadora.

Se sube como la espuma

Los pioneros, esos seres intrépidos, arreisgados y visionarios, abren el camino a los demás, quienes tranquilamente, esperan a que hayan sendas delineadas para no perderse.

Ferrán Adriá es un pionero. El hombre saltimbanquió de técnica en técnica, de proceso en proceso, para llegar a lo que tiene hoy: no sólo una abultada cuenta bancaria, sino la certeza de haber hecho algo que jamás, nadie, había hecho vestido con una filipina y un delantal. Empezó deconstruyendo, convirtiendo en aire los sabores sólidos, haciendo espumas de vegetales y dejando boquiabiertos a sus comensales, que viven una sensación de haber asistido al "Cirque du Soleil" gastronómico. Hoy Sferifica lo que se le atraviese por delante y vende sus descubrimientos.

Los pioneros están condenado a ser imitados. Al ver el resultado, los que no crearon se sienten tentados a repetir, a copiar, y ahora hay espumas de cualquier cosa en cualquier restaurant. Los estudiantes de cocina aprenden a deconstruir y gelificar antes de saber hacer una arepa como dios manda.

Me consigo con este reportaje en la revista Selecciones del Reader´s Digest de Septiembre de 2007 en la cual Simon Thomsen "Crítico Gastronómico" (cualquier cosa que eso signifique) de The Sydney Morning Herald da su opinión acerca del pionero catalán y de la muchedumbre que lo copia:

La voces envidiables


Según el hollywoodense Dr. Aníbal Lecter, uno envidia lo que ve. Aprendí a cocinar porque no aguantaba la envidia que me producía la gente que mezclando cuatro cositas, podía hacerme tan feliz comiendo.

Yo envidio profunda y descaradamente esa capacidad de emitir sonidos magníficos usando como instrumento la caja toráxica y las cuerdas vocales. Lo envidio como nada, es mi más intensa y oscura ambición, mi más recóndito deseo. Pero la vida es sabia, afortunadamente no tengo ese don porque, de lo contrario, sería una diva: canto con un poquito de voz que me mantiene el ego en su lugar

He aquí algunas de las voces que envidio:

El Universo revela su magnificencia a través de la voz de María Callas

Alanis, baña de estrellas a su público mientras canta Uninvited

Tracey pide una razón con su intensa y profunda voz de chocolate amargo

Ana Torroja camina con su voz perfecta las palabras de los hermanos Cano en este prodigio de canción: Sentía


Y mi amada Janis, su tormento y su talento dicen que tal vez


Aquí me quedo

Yo creo que la cocina es un hecho cultural, y como tal, un hecho político.
En esta locura que estamos viviendo en Venezuela, nada me sorprende más que la miopía. En el blog de los Hermanos Chang me encuentro con esta imagen que me escandaliza:



Quien enarbola la pancarta es una señora, que seguramente alimenta a su familia con pasta (de origen italiano) arroz (de origen asiático) cochino (de origen ibérico) y en diciembre hace Hallacas: símbolo contundente de nuestro mestizaje. Lo más seguro es que esta señora haya comido alguna vez pan (de origen egipcio, pero extendido por toda Europa) con mantequilla (y aquí la paternidad se la disputan mongoles, celtas y vikingos). Es probable que en navidad se tome una copita de Ponche Crema, que se hace con ron, azúcar (se cree que la caña de azúcar es originaria de Nueva Guinea), leche (las vacas las trajeron los españoles) y huevos (a las gallinas también). Posiblemente usa salsa inglesa para cocinar (cuyo orígen no es Inglaterra, sino India), tal vez usa para su sofrito cebolla (asiática) apio españa (de Mediterráneo) ajo (asiático también) y le ponga su poquito de ají dulce (hasta ahora lo único criollo de la lista) para que quede bien bueno.

Esta señora usa lentes (cuyos orígenes se remontan al renacimiento italiano), blue jean (que se dice nació en la edad media francesa, pero que es símbolo inequívoco del imperio norteamericano) una franela y un koala (cuyo origen desconozco, pero estoy segura de que no nacieron en el Capanaparo)

A esta señora no se le ven ni por asomo rasgos indígenas (al menos no como a mí que puedo pasar por mexicana, guatemalteca, ecuatoriana o peruana sin ningún problema) tampoco usa el atuendo típico de nuestros Yanomami, no creo que coma bachacos culones ni tarántulas asadas ni que sea experta haciendo cazabe.

El asunto, a fin de cuentas, es que yo podría interpretar que esta señora es caraqueña, o guaireña, o valenciana, o maracucha, o apureña; es decir, venezolana. Y los venezolanos somos mestizos: hermosamente mestizos, trágicamente mestizos, contradictoriamente mestizos, exuberantemente mestizos, amnésicamente mestizos. Estoy segura de que esta señora tiene en sus antepasados algún inmigrante, todos lo tenemos, si ella no lo recuerda o no lo conoció, es otra cosa.

Mientras tanto, como mi cédula dice venezolana a pesar de que mi abuelo era gringo y mi bisabuelo español, a pesar de que mi apellido es un acertijo para casi todo el mundo, como me encanta el jugo de parchita, Oscar de León, las arepitas con queso y aguacate, la gaita, Choroní, las empanadas de El Palito, el cumaco, la chicha andina, los chistes de Emilio Lovera y Er Conde del Guácharo, el plátano horneado con queso blanco, el Gato Galarraga, el picante de leche, el golpe tocuyano y el ají dulce… AQUÍ ME QUEDO.

¿Por qué no te callas? Es una tapa

En Sevilla, un restaurant llamado En C´ar Conde, creó una tapa llamada ¿Por qué no te callas?.

Tremendamente alegórica, consiste en un par de huevos españoles, zurrapa de ibérico, y como tope una bandera de españa hecha con queso y un embutido llamado morcón.

Los españoles la comen en cantidades industriales y a los venezolanos nos entra un fresquito...

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Imagen

Baja de fósforo

Para Héctor en Alexandria,
porque siempre que habla conmigo
habla del pescado frito con cazabe.

El pescado y los mariscos son mi comida favorita, todo lo que venga del mar me lo como fascinada. Y mi forma predilecta de comer pescado es frito.

Esta mañana, amanecí como con una baja de fósforo, así que Reinaldo y yo bajamos a La Guaira en Tour Gastronómico.

Primero, tempranito, llegamos al “Mosquero”, mal avenido nombre del célebre comedero underground, donde se consiguen maravillas como tripa de perla estofada, pescado frito, camarones rebozados y, mi predilecta: Fosforera.


Luego de desayunar con el tibio caldo con sabor a mar y un “gatorade oriental” (papelón con limón), nos fuimos a Playa Mansa, a mojarnos los pies, sentarnos en sendas sillitas de extensión y disertar sobre la inmortalidad del cangrejo (a propósito de ver unos cuanto caminando de ladito en la arena).


Cerca de las once, Reinaldo confiesa (no sin cierto pudor) que tiene hambre de nuevo, yo encantada de que sea él y no yo la que pase por glotona, digo que si, que claro, que “vamonós” al Rey del Pescado Frito.

Parguito frito, tostones y ensalada. Felicidad crujiente, exaltación del alma hecha piel tostada, poesía culinaria, sapiencia ancestral en mi plato. Me gusta tanto y tanto, que es el único plato al que le meto los dedos sin sentirme incómoda.


El pescado, jugosos por dentro y crujiente por fuera, me hace pensar en todo el ensayo y error que debió preceder al descubrimiento de la forma perfecta de freírlo. Mastico la cola, las espinitas, todo lo que se deje quebrar por mis dientes que son felices al sentir cuanto sabor esconden estos apéndices cartilaginosos que al freírse se convierten en la mejor versión de un chicharrón.

Al final, felicidad químicamente pura.

Se casó Iván
Iván Weinreb es un amor que tengo en el corazón. Pertenece a esa especie en extinción llamada “buen muchacho”. Es un músico excepcional, un guitarrista magnífico y un tecladista ingenioso y creativo. Además de haber sido productor musical es también experto en cualquiera de esas cosas mágicas que se hacen con las computadoras. Pero, lo más relevante, es que es un hombre bueno, un alma dulce, un tipo encantador, brillante y decente.

Aunque está muy grandote para la gracia, mis sentimientos por él son maternales, siento una mezcla de amor, orgullo y envidia (todo lo que un buen padre siente por sus hijos). Ante mis disertaciones sobre lo que es para mí un Paladar Inteligente, él reflexionó y llegó a la conclusión de que el de él era un “Paladar Negligente”, digamos por aquello de que es capaz de comerse cualquier cosa. Pero la verdad es que ha sido un compañero maravilloso de aventuras gastronómicas.

Iván, mi Iván, se casó ayer, eufórico de felicidad, con Aura, una princesa que lo conmovió tanto y tan profundamente que un día me dijo “hoy mi problema es pasar las próximas ocho horas sin verla”.



Sola

Para las mujeres que quiero.
Y para las que se han sentido solas alguna vez

Prometió jamás volverse a mirar al espejo. Al menos no escrutarse, porque cuando uno se maquilla no se ve, al contrario, uno niega lo que ve y sustituye la verdad por un rozagante aspecto de salud "Estée Lauder".

Pero ahí estaba mirándose. Sola.

En esa soledad glacial del domingo, de los 75 canales que no pasan nada bueno, del yogurt a medio comer para calmar la ansiedad, de su cama sola.

Las voces de las mujeres de su familia aparecían como luces incandescentes. La bisabuela que dejó al marido porque la golpeaba. La abuela que aguantó la mala vida del padre de sus hijos hasta que un día, muda, fría y con la decisión de un monje budista, recogió sus macundales y se fue con sus hijos a vivir arrimada, pero libre. La de su mamá, que por amor dio todo para recibir la dureza de la malquerencia y la soledad.

Del espejo pasó a la cama. Hizo todo lo posible por apartar de su cara la telaraña de la tristeza, pero mientras más la apartaba, más se enredaba en ella. Se acostó tratando de convocar al sueño, ese sueño evasivo y anestésico que en sus depresiones la salvaba de la realidad, pero no hubo manera, tampoco durmió.

Pensó en lo diferente que debía ser para un hombre deprimirse. Hay algo en las mujeres que las lleva a sentirse inundadas de tristeza, a ahogarse en sus lágrimas, a morirse en vida. Pensó en sus amigas, había visto a cada una pasar por un dolor, y siempre había algo en común: la desesperación, la mirada oscura sobre la realidad, la agonía del llanto seco, el deseo de desaparecer. Cuando una mujer dice “me siento sola” sólo otra mujer puede entenderlo.

Trató de reanimarse con trucos fáciles: se dio un baño largo y tibio, se cubrió de pies a cabeza de crema humectante de almendras, se pintó las uñas de rojo. Sabía perfectamente que esos pequeños placeres no la conducirían a la paz, pero sabía también que hacerlos ocuparía sus pensamientos. Finalmente, cuando rozaban las tres de la mañana, decidió cocinar.

No había casi nada en su nevera de desiertos; el apetito, aquél cómplice de su felicidad, había desaparecido casi por completo, las ganas de ir al mercado y dar esos paseos epicúreos eligiendo los ajíes, las uvas y los pimientos, también.

Pan integral, queso emmental y tres cebollas.

Pensó que era muy paradójico tratar exorcizar la tristeza cortando cebollas, pero luego se dio cuenta de que no había mejor argumento para dejar salir sus lágrimas rancias que ese. Cortó finísimas plumitas de cebolla, mientras un llanto ancestral salía a borbotones de su alma.

Mermelada de cebolla: aceite de oliva, cebollas en pluma, vino tinto, azúcar, rama de canela, hoja de laurel, sal y pimienta.

Pensaba hacerse un sandwich con el queso y la mermelada, pero, al ver el color rubí y la consistencia de almíbar que habían adquirido las cebollas, se sirvió en un plato de postre dos cucharadas enormes y se dispuso a comer.

La dulzura la invadió, contrastaba tanto con la amargura que sentía que se sorprendió. Poco a poco, el dulzor, el hipnótico perfume de la canela y la tibieza de la mermelada recién hecha la hicieron sonreír. Cerró los ojos para fundirse con aquél sabor, respiraba profundo para no perderse ni una sola molécula de ese aroma maravilloso. Al terminar, pasó su dedo índice por el plato y como una niña, aquella niña feliz que ella fue a los cuatro años, se lo chupó en un gesto permisivo y de autocomplacencia.

Fue a su cama, la misma cama sola, y con el sabor de la dulzura en la boca, concilió el sueño.

La Rabia

“La rabia, coño, paciencia, paciencia…”
Silvio Rodríguez

¿Cómo es posible?
¿Por qué?
¿No se puede vivir decentemente en Venezuela?
¿Cómo alguien que dedica su vida a hacer felices a los demás muere a manos del hampa?
¿Cómo combato esta rabia, este miedo, esta desesperanza?
¿Por qué la dignidad recibe como pago la violencia y la insania?
¿Cómo vivir en una ciudad en la cual las plegarias que se alzan son acerca del miedo a morir?
¿Por qué Carmen de Mayorca, una dama del chocolate, una señora del júbilo, una maestra de los bombones termina su vida violentamente?
¿Por qué su esposo, Luis Eduardo Mayorca muere en el mismo momento con la angustia de que ambos son víctimas de la locura?

Estoy furiosa…

La Sra. Mayorca develó para mí los misterios del cacao. Me hizo feliz al mostrarme que yo también podía formar parte de la magia de hacer bombones. Pasamos ratos deliciosos temperando chocolate, haciendo nougatine, descubriendo como sacar burbujas de aire de los bombones para que quedaran perfectos.

Yo entiendo que la vida termina, inexorablemente. Que la muerte forma parte de esta vida, que más bien parece una farsa. Entiendo también que las muertes inesperadas son partidas repentinas que nos hacen pensar en la fragilidad, en el poco tiempo que tenemos. Mi rabia radica en la violencia. Me niego a entender que una buena persona, dos buenas personas en este caso, tengan que morir, no en su cama, rodeada de nietos y en la paz y quietud de una vejez bien vivida, sino en la angustia y el dolor de la agresión, del asesinato.

Estoy furiosa…