...Y este miércoles, voy de cuentacuentos

Resulta que siempre he hecho lecturas dramatizadas de mis cuentos y que le tenía mucha envidia a esos magos que hipnotizan a niños y adultos narrando historias. Resulta que el Banco del Libro tiene talleres maravillosos para enseñar a narrar cuentos y resulta que el pasado miércoles finalicé las sesiones teóricas de este taller. Por eso, este miércoles a las 7 pm estaré junto con varios amigos contando cuentos. Yo me estreno (sin chuleta) con mi relato "Almíbar de Dátiles", en una versión libre, full de improvisación y descarada como ella sola (no porque me sobre talento, sino porque me falta memoria) en una sesión de Cuentos a la Gorra (cuentos para adultos).

Amigos queridos, los invito a pasar un rato muy lindo, compartiendo con gente preciosa, escuchando cuentos y dándome apoyo moral.

Lugar: Av Luis Roche Sur, Edf Banco del Libro.
Día: Miércoles 24 de Marzo
Hora: 7 pm


Yo doy clases por ésto

Alguna vez pensé que la vena docente me venía por mi papá (y lo más seguro es que sea cierto), otras veces he pensado que el miedo a la muerte, a no dejar huellas en la vida, era otra razón. Una vez también pensé que mi afán de aprender era lo que me movía a enseñar, porque lo que se enseña se aprende bien; pero la verdad, es que ésto y sólo ésto es suficiente para que yo le dedique la vida entera a acompañar a la gente a descubrir sus talentos. Esta es mi primera promoción de graduados de pasteleros en el Grupo Académico Panadero Pastelero.

Olga y sus buñuelos con relleno líquido de miel y sorbete de guayaba y queso crema


Mariflor y su torta de queso de cabra y pimienta sobre gelée de dulce de lechoza y sorbete de higo


Beatriz y su choco-misú (tiramisú desestructurado sobre espejo de café)


Yris y su mousse de arroz con leche, fresa y parchita


Gerardo y su chocolate en texturas y naranja







Fotos: Joel Elíaz

La síncopa del corazón


“Inclinado en las tardes hecho mis tristes redes
a ese mar que sacude tus ojos oceánicos”
Pablo Neruda

Ella se mantenía triste a propósito. Su soufflé sólo levantaba, aéreo y espumoso, si ella sentía una consciente melancolía, los gnoccis de auyama sólo quedaban dorados y tersos si ella lloraba antes de amasarlos; el quesillo de guanábana, la herencia más querida que le había legado su abuela, quedaba soso y blando si ella, por algún motivo, se sentía feliz.

Vanos fueron los intentos de engañar a los espárragos con trucos de tristezas postizas, suspiros enlatados, lágrimas de artificio; ellos sabían, si estaba alegre, marchitarse apenas los tocara. Las fresas se acidificaban, los ajíes se reblandecían, el pan se petrificaba si ella, al tocarlos, sonreía. En cambio, bastaba una pena, una aguja en el alma, un vapor apesadumbrado en las venas, para que las ostras se mantuvieran frescas en sus manos, durante horas. Cocinaba a diario y cocinaba bien, pero una buena noticia, la tibieza del sol en la piel, el recuerdo de una caricia justa, era suficiente para arruinarle el trabajo.

Al salir de la cocina, recuperaba un ánimo post tormenta, una suave, tenue, elevación del humor, una resignada reconciliación con la vida luego de horas de voluntario sufrimiento en bien de su oficio. A decir verdad, aprendió a disfrutar de su tristeza; desarrolló un mezquino y discreto goce de sus miserias que se veía compensado por la belleza de sus platos, los sabores intensos que lograba, las felicitaciones que llegaban desde la sala y que frecuentemente tenía que asumir sin alegría para que, al volver la cocina, las lechugas no se hicieran mustias en sus manos.

El cuchillo se desliza por la tabla blanca, mínimos aros de ciboulette nacen a borbotones de este vaivén de la hoja filosa; un descuido, tal vez un latido asincopado de su corazón, genera un temblor en sus manos y la consecuencia es un manantial rojo que sale de su dedo índice. La reacción inmediata es la de presionar la herida, pero no hay dolor, más bien una luz, una calidez, un perfume de mandarinas, un canto en bocca chiusa que la alegra instantáneamente y sin culpas. Las gotas de sangre siguen saliendo y la alegría se intensifica. No hay tormentos, no hay lástimas de sí misma, hay una felicidad química que corre por su torrente sanguíneo y mancha la tabla. Delante de sus ojos surgen imágenes de trapecistas, de flores púrpura, de manos de bebés que le tocan la cara. Alucinada y feliz como nunca, se quita el delantal y la filipina, abandona la cocina con pasos cortos y para siempre, decidida a dedicarle la vida entera a la dicha de comer comida ajena y de sembrar ciboulette y mandarinas en su huerto.


"La luz es como el agua"

Me cuesta creer que haya un elemento más importante en la cocina que el agua. Y no sólo como ingrediente (que ya es bastante) o como vehículo para lograr cocciones (que es mucho más) sino porque está presente en prácticamente todo lo que se cocina y se come.

Para García Márquez "La luz es como el agua", y he conseguido en youtube un hermosísimo micro acerca de este cuento.


"Adiós vinagreta, adiós carbohidrato"

Existe una infinidad de maneras de despedirse de un amor ingrato: a punta de boleros y ron, con un robusto soudtrack de rancheras y tequila, en el silencio más oscuro o a los gritos, en fin, vestidos de fiesta o de luto cerrado.

Pero Juan Luis Guerra en, el que en mi opinión es su mejor trabajo, Fogaraté, mezcla la exquisita poesía de Rafael Hernández con su música excepcional para despedirse de una mujer. Decirle a un ex amor "vinagreta" y "carbohidrato" es algo que me conmueve.

Por un lado, una vinagreta equilibrada, potente, con personalidad, puede ser una seducción líquida sobre lechugas y tomates. Pero tener una vinagreta en el corazón es, quizás, demasiada acidez para el alma. Los carbohidratos (¿quién lo duda?) son deliciosos, pero asociados siempre al peligro de engordar y enfermar, pueden ser mortales si se tienen como el amor de la vida.

Los calificativos gastronómicos son la entrada para la lista de lindezas que se merece la traidora, Rafael Hernández la llama: "nicotina", "colilla en las venas", "asbesto", "cemento" y "tres pasitos" (veneno raticida cuyo nombre refleja la velocidad del efecto mortal).

Aquí dejo el video (la verdad es la canción acompañada de la imágenes del disco, lo cual me parece incluso ganancia pues le permite a uno concentrarse sólo en la música).

Disfruten.


SOY EL GRINCH DEL DÍA DE LOS ENAMORADOS
Soy el grinch del día de los enamorados. Siempre lo fui, siempre lo seré. Nunca he creído en las flores rojas en esta fecha, nunca he respetado los bombones en formato de corazón, nunca me ha entrado en la cabeza como alguien puede creer que el amor se pueda resumir en un peluche.

Ni estando siberianamente sola, ni estando amelcochadamente acompañada, he logrado comprender el fenómeno del día del "amor y la amistad". Para mí el amor es un asunto complicado, multivalente, bendito, profundo, estremecedor y, en algunos casos, agotador. Para mí la amistad es un cristal, una joya, un premio por haberse portado bien en la otra vida.

¿Cómo expresarles a mis amigos cuánto los quiero en un sólo día y a todos al mismo tiempo? ¿Cómo expresarle con veracidad lo que siento al amor de mi vida? ¿Regalándole una corbata?

Que no, que no y que no. Que no me gusta el asunto. Y yo soy bastante ritualista: celebro mi cumpleaños con una semana de anticipación y hasta la octavita, regalo a diestra y siniestra en navidad, celebro los cumpleaños de mis amigos con bombos y platillos; me encantan los boleros desgarrados y las películas con finales felices. Pero los regalitos edulcorados, las musiquitas edulcoradas, los peluchitos edulcorados y las palabritas edulcoradas, son una cantidad de glucosa que mi sistema psíquico no puede metabolizar.



Los cocineros tenemos no sólo ciertos rituales que nos hacen sentir cómodos y seguros a la hora de cocinar (soy incapaz de encender una hornilla si no tengo puesto un delantal, por ejemplo), sino que las obsesiones y las repulsiones gastronómicas son un tema importantísimo para nosotros. Tengo un amigo que pasó años sin cocinar con tomate porque le parecía ordinario, otra amiga diseña sus platos dibujándolos hasta la extenuación, mi tía Ligia, magnífica cocinera, detesta hacer ensaladas aunque es capaz de hacer un souffle con los ojos cerrados.

En cuanto a comer o no comer, yo soy maniática convicta y confesa: amo la mantequilla, el pan, el brócoli, el aceite de oliva, el queso de cabra, la lechuga. Odio el cambur, la lechoza y el melón. Odio los cartílagos, los cortes de carne con huesos (¡abajo el t-bone steak y el osso bucco!) los espárragos y el apio. Odiaba las arvejas verdes... Hasta este domingo.

En el curso dominical de pastelería del Gapp, eventualmente compartimos el almuerzo y este domingo, Mariflor Giannikakis (mi amiga querida, esposa de mi alto pana Joel Eliaz, diseñadora, fotógrafa y alumna) nos convidó de delicias que había hecho en su casa, entre las cuales destacaba, para mi horror, una crema de arvejas verdes. Siempre he tenido como meta probar todo lo que crea que vale la pena, ésta vez valía la pena responder con apetito al gesto de Mariflor, pero yo me encontraba con la clarísima repulsión que siempre he sentido hacia la leguminosa color verde grinch.

Sin decir nada y apelando a mi espíritu aventurero, vi como Mariflor colocó cantidades equivalentes de su crema verde en ramequines que bañó con queso parmesano y llevó a gratinar. El asunto me estaba conmoviendo, pero mi nariz es mi brújula en la vida, y el aroma de las arvejas sólo lo tienen ellas, es insobornable, no se puede disfrazar. Intentando amplitud de criterio. pensaba: "pero tal vez si sólo la pruebas y agradeces la belleza de Mariflor que cargó ese perolero hasta aquí sólo para que tú comieras", "tal vez como es una crema puedas comerte aunque sea dos bocaditos", "has comido escorpiones, grillos y cuy, y ahora ¿una inofensiva cremita de arvejas te va a asustar?" era mi atormentado diálogo interno.

Entra Mariflor al salón con la bandeja de ramequines calientes y aromáticos, yo dudo por veinteava vez, pero finalmente me arriesgo. La crema tiene, para mi tranquilidad, un color más aceitunado que radiactivo; sé por el vapor que desprende, que ha sido generosa en ajo, en cebolla, en cariño. Tratando de convocar mi espíritu hedonista, tomo una cucharada mezquina de crema y me la llevo a la boca preparada para disimular la expresión facial que me delataría si, como esperaba, la crema me hacía sentir miserablemente infeliz.

Pero ocurrió un milagro (un milagro menor, nadie se salvó de un cáncer, pero para mi vida, estas son cosas milagrosas): la crema que me inundó de sabor hasta la médula, estaba deliciosa. Con un sabor muy pronunciado, un poco de acidez, un obvio sofrito bien hecho, el parmesano derretido, la textura untuosa, la crema de arvejas estaba buenísima. Yo, incrédula y con los ojos desorbitados, tomo otra cucharada para convencerme de que no son delirios míos y confirmo que si, que la crema está, no rica, no sabrosa, no decente, está verdaderamente exquisita.

Con el ego apaleado y la boca feliz, terminé de devorarme la crema de Mariflor y lamenté el hecho de no poder repetir y comerme cinco porciones de aquella misteriosa, sorprendente y aleccionadora crema de arvejas.

Platillos voladores

Estoy enamorada... Ya sé que no es una innovación gastronómica que afecte a la comida, ya sé que ahí se podría servir comida de la mala y de la buena... Ya sé. Pero es que es irresistible.

Un grupo de españoles, canarios para más señas, idearon como servir tapas sobre ¡platillos voladores! La vajilla se sostiene sobre imanes y las mesas están imantadas también, el resultado, la delicia de poder tener frente a los ojos, pequeños platitos suspendidos en el aire.

Aquí les dejo el link (con video incluido) para que se den un gustazo.

Cierra El Bulli

"En las cosas más profundas y más importantes, estamos indeciblemente solos"
Rainer María Rilke

Cierra El Bulli. Las puertas del templo de la cocina vanguardista cierra sus puertas a partir del 2012. Ferrán Adriá argumenta necesidad de un tiempo de reflexión, de descanso y, claro, de experimentación luego de 25 años de trabajo ininterrumpido. Aunque pidió que no especularan (lo cual es muy difícil) unos dicen que los ¿problemas? económicos, la mala administración, es la responsable del cierre. Ferrán Adriá se expone, con esta decisión, a que se diga cualquier cosa. Me impresiona la honradez, me impresiona que pude haber tomado otras decisiones, pero tomó ésta, me deja sin habla que lo haga público de forma tan escueta. Lo respeto ahora mucho más.

Los académicos conocen muy bien lo que significa el desgaste, por eso siguieron el ejemplo de los hebreos que cada 6 años dejaban descansar la tierra que sembraban durante un año para que ésta se renovara. El "año sabático", temporada indispensable para reflexionar, para descansar y renovarse, para investigar a sus anchas, es un tiempo vital en la vida de un académico, de un artista, de un científico. En los procesos creativos siempre es necesario un período neutro, de aparente "inmovilidad"; creo que todos deberíamos tener un "año sabático" o su equivalente, que nos permitiera mirar hacia atrás y evaluar, mirar hacia delante y planificar, mirarnos en el aquí y el ahora para descubrir quienes somos, lo cual, por la velocidad, el trabajo agotador, las presiones y las responsabilidades, casi nunca está muy claro.

Tal vez sea mi amor a la soledad bien administrada, pero creo que Adriá lo que necesita es un tiempo solo, un tiempo de ocio (que no creo que sea el padre de los vicios, sino al contrario, la tierra fértil de las buenas ideas), un tiempo lejos del centro de las miradas de toda la movida gastronómica mundial. No puedo imaginar la presión que se debe sentir con un ramillete de estrellas michelin en las manos, un restaurant con reservaciones a dos años y la expectativa, tanto de fans como de detractores, de la próxima ocurrencia.

Celebro su decisión, aunque sienta un poco de orfandad (Y ahora, ¿qué haremos sin El Bulli durante dos años?). Siento lo mismo que cuando García Márquez dice que no escribirá más: por un lado despecho, pero por el otro agradecimiento, porque la honestidad es el regalo más preciado que un tipo creativo puede darle a alguien que lo quiere.

Para celebrar la soledad, el genio de Diana Navarro.




Bloqueo creativo

Una página en blanco al frente, varios días con desajustes en el sueño, poco apetito (que aprovecho para entregarme al ambiguo placer de la dieta), el final del semestre, la entrega del último trabajo, y no se me ocurre nada.

Busco mis fuentes de inspiración infalibles: visito youtube y me encuentro con La Shica, con Supertramp, con la Fania en su esplendor que me lleva a mis gatos y ellos a
Colette Calascione y su máscara felina (¿cómo alguien desconocido puede pintar algo que yo llevo por dentro?). Me provoca comer un perro caliente con salchicha alemana, o unos cascos de guayaba con queso brie, o kippe crudo con hierbabuena, o un pancito con tapenade.

La página sigue ahí y no sé si me mira con sarcasmo o con picardía, el asunto es que me mira.

Busco a mi amado Klimt a ver si en su “Beso” me consigo de alguna manera; el suyo me lleva al de Juan Luis Guerra y aquella especie de ejercicio gestáltico-erótico-poético que siempre me deja sin habla y que me hace creer que sí, que deberían darle su premio nobel sólo por haber escrito semejante monumento a la lengua española.

Vuelvo a la página y no hay manera, blanco total.

“…Échale semilla a la maraca pa´ que suene, chá cuchá cuchucuchá cuchá” canta Héctor Lavoe, amor de mi vida vestido de navidad, haciéndole los coros a Cheo Feliciano. Mi mamá me pregunta si quiero salmón para el almuerzo y yo respondo que si. Hago lo de siempre: el montaje mental del plato, y sé que me voy a dar un gustazo con el salmón a la plancha (full de pimienta y término medio) y brócoli con vinagre y aceite de oliva. Con la boca hecha agua intento escribir algo, pero es inútil. Me mudo de género y busco a Dead Can Dance, me conmuevo hasta los huesos y considero la posibilidad de escribir que tengo una página en blanco al frente, varios días con desajustes en el sueño y poco apetito.