Mi amiga Isabella Rey me derritió con su regalo de cumpleaños: joyas (una espumadera y un batidor) fruto de su talento, inspiración y enamoramiento de la gastronomía. Isa hace bellezas insólitas: sartenes, ollitas, cucharones, trinches y hasta woks, para adornar orejas, cuellos y deditos coquetos. Este es su Blog y esta es la foto de mi regalo cumpleañeril:
Demostraciones panaderas y pasteleras en la Feria del Pan
Doy clases otra vez!!!!!
Para Karina
Estaba semi interna. Aún recuerdo los olores y sabores de algunos almuerzos: una carne guisada en salsa negra, mis llantos sobre los vegetales que odiaba, un pollito sudado que alborotaba mis papilas aún cuando fueran alitas porque el pollo costaba mucha plata.
Las monjas huelen a pan, algunas a cebolla, por españolas o francesas no acostumbradas al trópico. Otras esconden dulcitos en sus cuartos, pero a esas celdas sólo iban las elegidas que después se pavoneaban en el recreo con unos caramelos de azúcar de colores que parecían conos o unos medio raros que siempre me supieron a diablos y que llamaban regaliz.
El recreo siempre guardaba sorpresas, como tumbarle la cofia a una hermana rosada que parecía holandesa, muy gorda, de caminar lento, que mostraba su cabeza pelona entre nuestras risas contenidas cuando una de las niñas lograba su cometido.
También se decía, siempre en el recreo, que las monjas no usaban pantaletas. El reto era levantarles los fustanes con un palo. La que lograra esa prueba nos tendría a todas como esclavas por una semana.
En ese colegio aprendí a rezar, a la insoportable eternidad de los rosarios. En él hice mi Primera Comunión y me torturaba pensando que llegaba a la escuela sin pantaletas y al arrodillarme en la Capilla todas las niñas se darían cuenta. En esa misma época cometí mi primer pecado mortal, un pecado que me condenaría a la hoguera eterna de la obesidad.
El día de mi Primera Comunión bajé corriendo las escaleras de mi casa, ya estaban preparando la mesa del desayuno-celebración. Al pasar corriendo porque mi padre estaba en el auto esperando por mí, piqué un pedacito de algo, creo que era queso de mano.
No podía decir que había comido. Estaba prohibido, era pecado mortal salirse del ayuno, así que en esos seis o siete años decidí mi destino, sepulté la culpa en lo más profundo de mi inconsciente y caminé toda la nave central de la Capilla, hasta mi lugar en el banco de las comulgantes y recibí el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, como si nada hubiera ocurrido. Momentos antes le había jurado al Padre que ni pecados veniales había cometido.
Eso quizás me hizo trasgresora de toda norma arbitrariamente impuesta por los hombres y la culpa, como contrapartida, me castiga engordándome hasta por beber agua.
A la entrada del Colegio, un San José gigante recibía en el Patio Central. Uno le pedía la bendición, lo tocaba y se persignaba cuando llegaba a la escuela. Algunos días cuando mi papá venía a buscarnos comprábamos dulcitos en la calle. Nos encantaban los coquitos acaramelados. Eran enormes. El coco y el caramelo se deshacían en la boca. Había que despegarlos del papel de estraza en el que lo entregaban; igual pasaba con las conservas de naranja y papelón. Siempre comprábamos algo para mi mamá.
Pasó el tiempo y saliendo del bachillerato, teniendo 15 años, una amiga - que había estudiado en el mismo San José de Tarbes - me dijo que fuéramos a visitar a las monjas. Entusiasmadas compartimos recuerdos. Ella también amaba los coquitos.
Nunca desandes tus pasos de la infancia. Las bajadas peligrosísimas que se volvían el reto mayor de los patinadores, son apenas un leve desnivel de la calzada… los San José son perfectamente enanos, casi una imagen pequeña de una Iglesia cualquiera… los patios ¡ah los patios! ¿Es eso un patio de recreo? ¿Cómo corríamos, jugábamos escondite, la ere, la estatua, saltábamos la cuerda - todo un colegio entero - en ese miserable rectángulo que se recorría en dos zancadas?
A la salida, le dije a mi amiga, por favor, no compremos coquitos acaramelados, dejemos algo intacto en la memoria. Mi amiga - que quizás no le daba importancia a los tatuajes de infancia - se dirigió impertérrita hacia el carrito de vidrio de la esquina de siempre.
Feliz Pre-cumpleaños
Ray
30 de abril de 2007
Esto lo escribí a mano, como se escriben las cartas de amor.
Hoy me despido del Café del Museo.
Este es un período de sorpresas y una de ellas me lleva lejos del Café. Debo admitir que ha sido una decisión muy difícil de tomar pues no sólo este espacio es muy bello, sino que los afectos que dejo aquí me envuelven el corazón.
Irina, mi chef y amiga del alma, me enseñó que la dulzura y la feminidad, tan arduas de expresar en las cocinas profesionales, son su ingrediente secreto, su as bajo la manga, su sello de calidad. Me enseña día a día que la libertad y el compromiso saben muy bien, que ir en pos de los sueños es la mejor manera de vivir y cocinar con honestidad.
Gustavo, mi sous chef me enseñó que se puede ser efectivo y sereno al mismo tiempo, que la buena índole, la amabilidad y el humor pueden hacer de una cocina un lugar de entrega, profesionalismo y diversión.
Yonardo “Pelambre”, nuestro cocinero, con un hambre de conocimiento constante, me enseñó que la humildad y el deseo de aprender unido al talento son llaves que abren las puertas del mejoramiento.
Joaquín, nuestro pantrista, me dio muchas lecciones. Entre ellas, que todo tiene que ver con todo, que no hay parcelas, que ocuparse de las luces, los enchufes, las copas y los pisos es tan importante como la buena sazón.
Marilú, ese angelito con las alas en los pies, me enseñó que si quiero hacer algo bien, debo comprometerme hasta los huesos, que hay que “saber acariciar los detalles” como dice Nabokov.
Valerie, quien comanda la sala, me enseñó que se puede dar mucho desde el trato horizontal y llano, que la sabiduría verdadera no tiene poses, que darle la vuelta al mundo es aprender a ser auténtico y accesible.
Deira y Rafael, nuestros arquitectos, me enseñaron que la estética es el lenguaje de la verdad, que la belleza generalmente responde a altos ideales, que no es superflua.
Luz Marina, nuestra gerente, me enseñó que las cuentas claras son también un tipo de belleza.
Jenny, quien mantiene todo limpio y en orden, me enseñó que hay efectividades que se expresan en silencio y sin alharaca.
Johanna, la nueva jefa de pastelería, me enseñó que un cocinero integral cocina, viaja, lee, estudia, trabaja con delicadeza y precisión y disfruta infinitamente de su oficio.
Y el Café del Museo me enseñó que Caracas es posible, que pueden existir espacios de encuentro y tranquilidad en la mitad del caos, que el arte llama al arte y que por eso, los caraqueños podemos ser optimistas pues, bajo el ruido, las colas, el estrés y la nostalgia de un tiempo bucólico que una vez existió, palpita el corazón mestizo, cosmopolita, inconforme y festivo de esta ciudad de sobresaltos y jabillos.
Y a propósito de todo esto y para toda mi familia del Cafe del Museo... Usa Bloqueador Solar
Hoy decreto mi semana aniversario.
Una semana antes de mi cumpleaños decreto mi semana aniversario. Llamo a mis amigos y les pido que me regalen las mejores cosas que tengan: buenos consejos, recetas de cocina secretas, deseos de éxito o cualquier cosa linda que salga del corazón.
El cumpleaños me llena de optimismo, de alegría, de sorpresas. Vivir me parece una aventura tan fantástica, las vivencias que me ha deparado la vida han sido tan extraordinarias, las cosas que me he comido me han dado tanto gusto y los colores de esta vida han sido tan intensos que, cada cumpleaños le agradezco infinitamente por haberme puesto donde estoy.
Espero los mismos regalos que salen del corazón de la gente linda que, amablemente, visita mi blog.
El Sommelier
Amo a Benny Hill desde la primera vez que lo ví, escondida y conteniendo las risas porque mi abuela creía (con razón) que su humor era demasiado "vulgar".
Encontré esta maravilla y la dedico a los amantes del vino.
El cordero, marinado con hojas de romero y vino, es llevado por los hombres al horno; yo pido permiso para hacer el pan.
Bendigo la harina, el agua, el aceite y me pongo manos a la obra, mientras pienso en su mirada; es tan intensa y al mismo tiempo tan dulce que me produce mucha turbación. Habla como si no tuviera miedo de nada, ríe suavemente y trata a todos, mujeres y hombres, como si fuéramos sus hijos.
Dejo la masa y me asomo a la ventana. Los niños que corren jugando hacen un escándalo que me gusta. Las mujeres comenzaron a cantar; me siento conmovida sin razón, tengo deseos de orar y agradecer y las lágrimas a flor de piel. Sé que no tengo motivos para llorar, pues él es el agua que nos sacia la sed; desde que lo oí por primera vez dejé de sentir esa sed que me despertaba por las noches, asustada y sola. Mi señora me llama para que corte las cebollas, voy enseguida sabiendo que así podré disimular estas lágrimas.
La tarde transcurre entre sobresaltos, trajeron el vino y otro cordero, pues hoy comerá una multitud aquí. Limpié la sala donde recibiremos a nuestros invitados, llené las lámparas con aceite y puse el agua en las ánforas de barro para que se decante.
Amaso, estiro y corto. Mientras lo hago pienso en mi maestro, sentado frente a mucha gente diciendo cosas que yo jamás había oído. El centro de sus palabras es el amor; a los semejantes, al prójimo, al enemigo. Pienso en lo difícil que es amar a Roma y lo fácil que es amar a mi madre.
Mientras horneo el pan, recuerdo aquél prodigio que me convenció. Una muchedumbre hambrienta lo seguía, él regalaba sus palabras y su consuelo. En un momento, el hambre fue el protagonista y no había más que unos cuantos pescados y pocas piezas de pan. Mi maestro hizo un ademán y milagrosamente, los pescados salían de la nada, los panes se reproducían, panes deliciosos como jamás volví a comer. Ese día entró en mi corazón, él sació el hambre de la gente con pan y con su amor.
Nos avisan que ya vienen, las mujeres nos escondemos en la cocina, mi corazón canta un galope mientras veo entrar a mi maestro. Es tan delgado, tan frágil, tan sonreído. Todos se sientan y están alegres. Mi señora les da la bienvenida y les sirve vino, mientras nosotras ponemos los manjares en los platos para agasajarlos.
El pan que amasé apenas sale del horno, el olor del trigo me llena el espíritu de gozo, tomo un pedazo y lo pruebo, me encanta el pan. Mi señora me llama y me dice que mi maestro quiere que todos cenemos con él. Me tiemblan las manos, no se supone que hombres y mujeres compartamos los rituales, pero él parece tener una ley propia, una ley de igualdad. Oigo a lo lejos sus palabras, mientras rezo para no derramar la comida en el piso.
Cuando entro en la sala, todo parece iluminado con un halo de irrealidad. Nos dice “Bienvenidas, hermanas”. Mis lágrimas logran escapar como respuesta a su saludo. Torpemente me siento y sé que el rubor me delatará.
Comenzamos a comer, todos como iguales, compartiendo los manjares que hicimos en el día. Casi no lo miro, pero escucho cada palabra. Detesto cuando lo interrumpen sus discípulos, pero él pacientemente responde sus preguntas.
Mi corazón se rebosa cuando, levantando la copa dice que bebamos todos de ella, pues
ese vino es su sangre. El pavor me paraliza cuando toma el pan que amasé y dice “Coman de él, pues éste es mi cuerpo”.La cena termina y mi maestro se retira a orar. Yo me escabullo de los ojos de mi señora y lo sigo en silencio. Me escondo detrás de un arbusto y veo como se dispone a rezar. Lo acompaño en su oración y pido por él, por mí, por los míos.
Mientras estoy absorta en mis oraciones, siento un ruido de voces que me espanta. Veo venir a varios hombres, uno de ellos besa a mi maestro. Me quedo mirando como tras una fugaz lucha todos se van, mientras yo siento un frío en los huesos y comprendo que me he quedado más sola que nunca.
Mi señora me llama, antes de dormir debo cernir la harina para el pan de mañana.





