La pérdida


El primer indicio de mi vocación gastronómica lo recibí en Mérida… En el año 1993.

Asistía a los talleres de textiles de la U.L.A en las mañanas. Aprendía los secretos de las tramas y urdimbres, teñía lanas y me decía a mí misma que, luego de tantos años de torpeza manual, al fin había conseguido darle un uso artístico a mis dedos.

Un día, al regresar del taller, encendí el televisor y vi a un cocinero, con claro acento vasco, cocinar mientras comentaba lo bello que era el mar que estaba tras de si. Fue un embrujo instantáneo, lo amé de inmediato. Me apresuraba a terminar mi trabajo en el taller para irme veloz a mi casa y anotar las recetas que este encanto de hombre, Karlos Arguiñano, regalaba por televisión.

Luego de varios años, decidí dedicarme a la cocina profesionalmente.

Luego de más años aún me enteré por una fuente directa, de que Arguiñano colabora de manera entusiasta y permanente con iniciativas sociales en Petare y forma a muchachos venezolanos con vocación culinaria en su restaurant escuela.

A veces pienso que, de no haber sido por esos mediodías merideños en los cuales miraba embelezada a Arguiñano cocinando a orillas del Mar Cantábrico y decorando todos sus platos con perejil, yo no hubiera sido cocinera.

Y en ese entonces… Vi a Arguiñano por Radio Caracas Televisión.
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3 probaron y opinaron:

Joh dijo...

na' guará

Mil Orillas dijo...

Es tan triste...

LUIS ENRIQUE MARTINEZ RIZO dijo...

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