My favorites things


Zapatos rojos
zandalias altas
Champiñones poco cocidos con mantequilla y ajo
Jugo y merengón de níspero
Majarete y jalea de mango de Choroní
La increible y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada y todo García Márquez
Picante de leche, picante en vinagre, picante en polvo, picante en hojuelas, picante en gelatina, picante en espuma, picante...
Sopa Pho
Linguini con camarones, espinacas y crema de leche
Hacer pasta

Los besos que me hacen temblar
Eternity, Gaultier, Burberry
Quesos guayamano, provoleta y brie
Mecano
Mango de bocado de Maracay
Pato con tallarines al estilo asiático de Tomás
Mi panna cotta con almibar de lavanda
Darles besitos a mis primitos
Tequeños de yuca con melao de aji dulce y papelón
Blue jeans strechs
Mi gato durmiendo acurrucado conmigo
Cazuela de berenjenas y camarones de la Nueva Casa de los Chinos en la avenida Baralt
Agua helada
Abanicos
Oir tocando el cuatro a mi hijo putativo Reinaldo José
Cordero con especias
Risotto de calabacín
Ensalada de supremas de naranja, cebolla morada y cilantro en flor
El Paciente Inglés, El Último Emperador, Forrest Gump, Entrevista con el Vampiro, Jesucristo Súper Estrella, El Color Púrpura, Matrix, Amelie

Las tortas rellenas de crema

Los ojos verdes
Empanada argentina de humita
Cebiche de conchas negras
Cantar a solas y a todo gañote
Pan sueco
Anillos grandes
Vodka con jugo de parchita
Orsai, el blog de Hernán Casciari
Pan recién horneado con mantequilla
Foie Gras
Maquillarme
Perfumarme
Dormir hasta tarde
Escribir en mi blog

¿Cuáles son las tuyas?

Ágape: Banquete amoroso

Empiezo el año sumergida en la lectura de dos libros excepcionales: “Ama y no sufras” y “Deshojando Margaritas: acerca del amor convencional y otras malas costumbres”; ambos del psicólogo (y cocinero!) Italiano-Argentino Walter Riso.

Una de las joyas de conocimiento que Riso regala en su libro “Ama y no sufras” es su clasificación del amor:

Eros: el amor pasional regido por las hormonas. Intenso, desenfrenado y, justamente por eso, fugaz. Esa sensación agobiante de querer cortar en pedacitos al objeto de nuestro amor, ponerle salsa de soya, jengibre, cebollín y comérnoslo con las manos. Es un amor egoísta, pide ser saciado, pero nunca se sacia. Haremos bien si no tomamos decisiones trascendentales cuando somos presas de este amor. Haremos bien si lo disfrutamos a sabiendas de que pasará.

Phillia: El amor de la convivencia, sostenido por la afinidad, por el compañerismo, por la complicidad. Nos gustan los mismos libros, no necesitamos discutir qué película veremos porque sabemos que nos gustan las mismas, estamos de acuerdo en las cosas fundamentales de la vida como la pena de muerte, la identificación ideológica o si comer mantequilla o margarina. Es equitativo, es justo; se alimenta de reforzadores positivos en ambas direcciones “tú me das y yo te doy”. Es el amor perfecto para tomar decisiones a largo plazo.

Ágape: es el amor desinteresado. Y he aquí la razón de que escriba sobre este tema en mi blog gastronómico. Riso habla de ágape como el amor universal, el amor absoluto, que se expresa en la pareja en forma de ternura y disposición a renunciar voluntariamente a ciertos privilegios si con eso se consigue felicidad para el otro. No es sacrificio, doloroso y resentido. Es el bienestar que se obtiene al darle felicidad al otro, aunque esto implique renuncia.

Pero ágape también es sinónimo de banquete, de celebración gastronómica; veamos lo que dicen diferentes fuentes:

"(Del lat. agăpe, y este del gr. afecto, amor).
1. m. Comida fraternal de carácter religioso entre los primeros cristianos, destinada a estrechar los lazos que los unían.
2. m. banquete (‖ comida para celebrar algún acontecimiento)".
Diccionario de la Real Academia Española

"Comida de confraternización que los primeros cristianos celebraban durante sus asambleas para profundizar sus lazos de concordia:el ágape se celebraba al final del oficio divino. Banquete".
Word Reference

"Dentro de la masonería es la denominación del banquete que se celebra tras una tenida, asamblea de la logia, sin ritual alguno.
Esta palabra griega, cuyo significado es "amor", fue empleada por los primeros cristianos como referencia del banquete de celebración de la eucaristía".
Diccionario Ecovisiones

Es decir: ¡Un banquete! Una celebración que reúne a gente con algo en común (en el caso de sus orígenes, los primeros cristianos que se reunían a celebrar la eucaristía) para comer. Me llama mucho la atención que el amor desinteresado, la capacidad de renuncia por el bien ajeno, esté vinculado a la comida. Tal vez porque alimento y amor sean la misma cosa. No parece casualidad que un gesto de amor absoluto sea “quitarse el pan de la boca, para dárselo al otro”.

Pienso en las veces que los cocineros contactamos con nuestro amor agápico cocinando para nuestros afectos (que en el mejor de los casos alcanzan a algunos de nuestros comensales). Recuerdo las veces que mi abuela cocinó para mí y me dio su amor perfumado en cilantro, las veces que, en su enfermedad, le retorné a ella mi amor con una taza de caldo caliente; cada vez que mi mamá disfrazó de canelones de espinaca su incondicionalidad, cada bocado que comí de la mano de mis amores, cada vez que vi en la cara de golosa satisfacción de mis afectos la aceptación de mi amor traducido en alimento sabroso.

Ágape es consumirse en el amor sin esperar recompensa. Un amor universal, sin intelecto, sin inicio ni final. En la pareja (ojala, mis amigos, hayan sentido la delicia de este amor alguna vez) es la entrega sin restricciones, sin miedo, sin límite. Es amarse de tal manera que sus deseos son los míos y mi renuncia es poco para la felicidad que encuentro en la suya. No es sacrificado, no es doloroso, es festivo y delicioso, es tan profundo y sustancial que se basta a sí mismo para dar felicidad. Es un banquete de amor.

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Educando a las hadas

¿Y qué puede recuperar mi alma de una fondue miserable? Una buena película española, ni más ni menos.

La Educación de las Hadas, renunciando a edulcorantes artificiales, dulcifica con miel de abejas, pura y floral, una historia de intensidades emotivas. Lo primero que salta a la vista, que refresca, que entusiasma, es el multicultural reparto de actores: Ricardo Darín y su acento argentino, Iréne Jacos hablando un español con dejo francés, el niño, un genio actor: Víctor Valdivia (el único que habla español castizo) y Bebe, la estupenda cantante española caracterizando a una intelectual argelina que trabaja como cajera de un supemercado (tengo una debilidad especial por esta cantante, y sobre todo por esta canción).

Los paisajes de la Catalunya rural, el frío del otoño, la profundidad de los personajes, la dignidad de todos; me encanta vivir en esta época en la cual uno puede ver en el cine como las mujeres revisten de fortaleza su feminidad y los hombres descubren su vulnerabilidad como una fortaleza. A mí que me encantan los hombres que expresan sus emociones, el personaje de Darín me gustó desde el principio: un inventor de juguetes y de juegos que se toma en serio la niñez y la trata con respeto, que se enamora sin pudor, que no evade lo que siente y que lo demuestra.

La Educación de las Hadas se estrenó en España voluntariamente a la par del mundial de fútbol, algo visto como muy riesgoso porque se presume la falta de público. Esta valentía se nota en la película, no es complaciente, lo que hace feliz y lo que duele se muestran en su naturaleza, sin mucho maquillaje pero sin dramas. José Luis Cuerda, su director y guionista, ya había entrado en esos mares profundos de los sentimientos en La Lengua de las Mariposas.


Mi pequeña Suiza… Un pequeño desastre


Soy muy cuidadosa a la hora de juzgar un restaurant y su comida. He trabajado en cocina y sé de las durezas e injusticias que se comenten al emitir juicios de manera alegre; así que mis palabras de hoy pasaron por el filtro del sentido común.

Ayer, con el paladar saturado de alcaparras pasitas y aceitunas, salimos a buscar otros sabores. Llegamos a El Hatillo y “Mi Pequeña Suiza. Fondues y Crepes” nos tentó. Yo había ido hace algunos años y conservaba un buen recuerdo.

El sitio estaba lleno, no había muchos restaurantes abiertos ayer. Nos sentamos en la terraza y nos dieron la carta. El mesonero nos ofreció tomar “Vinos, vodka, whisky y cerveza” no queríamos alcohol y pedimos dos jugos naturales. Al leer la carta se hace obvio que las estrellas son las fondues, pero queríamos comer algo más: Reinaldo sopa de cebolla, yo carpaccio de lomito. La sopa, sosa y con cebollas medio cocidas (quien guste de esta sopa y quien sepa hacerla sabe que la cebolla debe pasar por un largo proceso de caramelización para que la sopa se vista de gala con el mejor sabor) llegó después de un infame pan y lo peor: MARGARINA ADEREZADA CON AJO Y PEREJIL.

Un restaurant que tenga en su menú escargot como entrada, no puede permitirse semejante exabrupto. Si estoy en una arepera y el señor de la barra me pregunta si quiero mantequilla en mi arepa, asumo de inmediato que lo que me está ofreciendo es margarina, no lo cuestiono. Pero, si el restaurant de la esquina, en el cual me puedo comer rapidito y sin mucho refinamiento, una ensaladita con una pastica bien hecha, me ofrece mantequilla, Mi Pequeña Suiza debería hacerlo también. ¡Agregarle ajo y perejil lejos de reponer el daño lo incrementa!

Al fin llega la fondue (grumosa y sin esa textura aterciopelada que justamente es el encanto de este plato). El trinche que me pusieron del lado derecho de mi plato estaba sucio. Las guarniciones para la fondue eran patéticas: Una enorme y desproporcionada cesta del mismo pan infame, papitas colombianas cocinadas en aceite hasta la extenuación, media manzana troceada, unas dos salchichas de ínfima calidad. Nos sirvieron agua porque yo lo pedí, casi al final de la velada.

En contraste, la conversa con Reinaldo estaba tan interesante, que, en vez de irnos y dejarles ese carnaval ahí, nos dedicamos a comer, teníamos tres horas buscando algún lugar donde saciar el hambre. Al final la cuenta inverosímil: Ciento Ochenta y cinco mil cuarenta y cinco bolívares de los débiles (Bs. 185.045). Como sé que la propina es un lenguaje efectivísimo, no dejamos ni un céntimo.

Mi pequeña Suiza queda en El Hatillo, diagonal a Das Pastelhaus, al lado del Restaurant La Gorda.

Regalo de navidad

Las palabras de Benedetti en la voz de Tania Libertad.

Te quiero


Jesús

La historia de Jesús de Nazaret me apasiona.

Un niño judío, pobre (hasta que llegaron los reyes magos que lo colmaron de los regalos más exquisitos de la época) hijo de una jovencita (que jura que se embarazó sin contacto sexual) y un carpintero de mediana edad en un mundo dominado por Roma, por la libertad de culto (muy inteligentes los romanos que al invadir los territorios, toleraban las diferentes religiones) y el terror que generaba la violencia, la injusticia y la discriminación del imperio romano.

Un niño que se salvó del infanto - genocidio provocado por Herodes (paranóico de librito), que nació en un pesebre, que fué llevado a las volandas a Egipto (al menos en la historia oficial) a vivir una vida misteriosa que hasta ahora no se conoce a ciencia cierta, un niño que recitaba los textos sagrados con una sensación de pertenencia total, un niño especial.

Me lo imagino moreno, siempre lo he imaginado así, de cabello rizado y ojos oscuros y penetrantes. Siempre he pensado que tenía buen humor, que daba paseos, que se bañaba en el río con sus amiguitos, que cantaba con su mamá, que jugaba con su papá, que tenía buen apetito. Que, a pesar de contener en su psiquis la información de su vida futura, era optimista y risueño.

Hoy que es navidad, me parece que lo mejor que puedo hacer es recordar las cosas que dijo, los regalos poéticos que nos hizo, y la gran enseñanza: No importa la muerte, siempre habrá resurrección.


¨Amarás a tu prójimo como a tí mismo¨ (Mc 12, 29-31)

No es lo que entra por la boca lo que hace impuro al hombre; pero lo que sale de la boca, eso es lo que le hace impuro (Mt 15, 11).

¨Felices los que lloran porque recibirán consuelo¨
(Mt. 5, 4).

¿Y por qué se preocupan ustedes por la ropa? Fíjense cómo crecen las flores del campo: no trabajan ni hilan.

Sin embargo, les digo que ni siquiera el Rey Salomón, con todo su lujo, se vestía como una de ellas. (Mt. 6.25-34)

“Yo soy ese pan vivo que ha bajado del cielo; el que come de este pan, vivirá para siempre.”(Jn 6: 51)

“Pidan y Dios les dará; busquen y encontrarán; llamen a la puerta y se les abrirá.”(Mt 7: 7)

“Si tu hermano te hace algo malo, habla con él a solas y hazle reconocer su falta. Si te hace caso, ya has ganado a tu hermano.”(Mt 18: 15)

"Dejen que los niños vengan a mi, y no se los impidan, porque el reino de Dios es de quienes son como ellos.” (Mt 19:14)

“Si alguien quiere ser el primero, deberá ser el ultimo de todos, y servirlos a todos.” (Mrc 9: 35)

“Si ustedes aman solamente a quienes los aman a ustedes, ¿Qué hacen de extraordinario? Hasta los pecadores se portan así.” (Lucas 6: 32)

“No hay árbol bueno que pueda dar fruto malo, ni árbol malo que pueda dar fruto bueno. Cada árbol se conoce por su fruto.” (Lucas 6: 43)

“El que se porta honradamente en lo poco, también se porta honradamente en lo mucho; y el que no tiene honradez en lo poco, tampoco la tiene en lo mucho.” (Lucas 16: 10)

“Tengan cuidado y no dejen que sus corazones se endurezcan por los vicios, las borracheras y las preocupaciones de esta vida.” (Lucas 21: 34)

“Mi mandamiento es este: Que se amen los unos a los otros como yo los he amado a ustedes. El amor más grande que uno puede tener es dar la vida por sus amigos.” (Jn 15: 12 – 13)

Nadie como Yvonne Elliman para expresar lo que yo siento.

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Santa Bárbara es golosa


Mis amigas Idairis y Lobelia, me invitaron a una celebración especialísima: Festejar su devoción a Santa Bárbara.

Una mesa con un mantel rojo, manzanas, fresas, cerezas, velas rojas vino tinto, caramelos, chocolates, miel, flores y las caras sonrientes y emocionadas de mis amigas. “Aquí tienes una vela para que la enciendas y le hagas tus peticiones…” De inmediato empecé mi lista mental y talla única “Dame sabiduría, luz, entendimiento, humildad, paciencia…” Mi amiga viéndome la cara me corrige sin saberlo “a Santa Bárbara se le piden cosas tangibles” Doy media vuelta mental y empiezo “Salud, dinero, un carro nuevo, diez kilos menos, la publicación de un libro, un viaje largo y lento por el sur de Francia…” Esos anhelos hechos de materia palpable y que da pudor meterlos en la lista de peticiones espirituales.

Empieza la fiesta con un baile ritual frente al altar: “Qué viva Changó” Canta Celina mientras mis amigas, con preciosas blusas rojas como la manta de la santa, bailan felices y entusiasmadas. No es sólo devoción, creo percibir cierto grado de camaradería, la tratan como si fuera una amiga. Una amiga complaciente y con carácter, una amiga que no es incondicional, que reclama para sí misma regalos, fiesta, celebración y reconocimiento porque sabe que se lo merece, porque es generosa dando.

Me llama la atención el carácter femenino del asunto, de diez personas involucradas en la celebración, nueve son mujeres. El sacrificio es gozoso, es fiestero, pagan los favores recibidos invitando a sus amigos a bailar, a comer, a disfrutar.

Intrigadísima por esta experiencia investigo: Changó es un orisha Yoruba, una deidad masculina, dueño del trueno, el fuego, la guerra, la música y la belleza masculina. Una vez, capturado in fraganti con la mujer de otro, usó ropas femeninas y el cabello de su amada para burlar al esposo celoso. Santa Bárbara es una santa católica, virgen y mártir, que murió a manos de su padre por convertirse al cristianismo. Su verdugo-padre murió al instante de asesinarla, por un rayo. Es el único rastro común que encuentro entre ambos. Pero los yoruba que llegaron a América, a quienes les fue prohibido profesar su fe, vieron en Santa Bárbara a su Changó; quizás estaba, esta vez, burlando las ceñudas caras de los blancos, usando ropa femenina para no desamparar a los suyos. A Santa Bárbara la adoraron y se la apropiaron, porque, al fin y al cabo, la fe siempre encuentra una rendija para expresarse.

A la una y media de la madrugada, llegan los tambores. Los muchachos, jovencísimos, tocan los tambores con energía y un sentido rítmico asincopado sólo concebible por alguien nacido aquí. Mientras bailamos al son del tambor, una de las devotas, pasa una manzana bañada en miel para que cada asistente le de un mordisco. Yo me siento en mi elemento, llenando de misticismo, de fe, de trascendencia a la fiesta y los placeres.

¡Que viva Changó!




El amor platónico

He vivido varios amores platónicos (sobre todo en la adolescencia, cuando se ve menos feo). Hoy, a la mitad más uno de mi treintena, soy presa de un amor platónico difícil de disimular, un fuego que me consume, una pasión desenfrenada y casi obscena: estoy enamorada de Hernán Casciari.

Este hombre hace que, cada vez que a mi mail llega la acutalización de su blog Orsai, el corazón me de un brinco, las manos me tiemblen y la respiración se me agite. El placer que consigo leyendo sus notas sólo es comparable al de darse besos a escondidas o comer helado de gianduia a las 8 am de un domingo.

Hernán es argentino y vive en Barcelona, con su esposa y su hija. Escribe de una manera tan natural que parece como si no le costara nada. Se usa a sí mismo para dar rienda suelta a su sentido del humor, lo cual lo hace irresistible. Miente descaradamente (él argumenta que lo que escribe es ficción, pero en la cara se le ve que goza un puyero escamoteando la verdad). A pesar de eso siempre usa su propia vida como contexto, como aliento para sus escritos. He creido cada una de sus palabras porque de eso se tratan los amores platónicos, no necesitan realidad, se bastan a sí mismos.

A Hernán el primer dolor de la inmigración se lo provocó la nostalgia gastronómica. Aquí les pongo una entrevista que le hicieron en dónde, burlón e inteligente, nos hecha el cuento.

No me gusta hacer hallacas

Lo confieso: no me gusta hacer hallacas.

Sé que es políticamente incorrecto, sé que es el plato emblemático de la sabiduría gastronómica ancestral venezolana, se que es una reunión familiar y una de las tradiciones que más vale la pena preservar, pero no hay manera, no me gusta.

Y la verdad es que los únicos recuerdos que tengo de mi familia haciendo hallacas son buenos: mi abuela preparando el guiso y dándome los huevitos “no nacidos” de la gallina en cuestión, mi mamá poniendo a Pedro Infante (¿no es una locura increíble que en vez de oír a Betulio Medina, mi mamá se inclinara más por las rancheras en este momento de máximo paroxismo del gentilicio patrio?), las copitas de ponche crema que iban de mano en mano y que yo, subrepticiamente, probaba aunque tuviera diez años, el aroma magnífico del guiso que se escabullía hasta lo más profundo de mis huesos, las pasitas y aceitunas en la mesa pidiéndome que me las robara, la posibilidad de cocinar, de verdad verdad, junto a las mujeres de mi familia, y la recompensa, por ahí como a las 6 pm, de comerme una hallaca recién cocida, justo en la época en la cual adoptaba posturas nada femeninas con mi tambora entre las piernas, coronada como la "tamborera oficial" y la sangre maracucha gritando en mis venas ante la incredulidad de mis amiguitas que preferían ser el coro del grupo de gaitas de Colegio Mozart. Todos son buenos recuerdos.

Pero siempre, todos los años, desde Octubre ando pensando en comida alternativa. No sólo el sempiterno pavo o el obvio pernil, he llegado al extremo de declarar las codornices al horno como tradición navideña de mi familia, sólo para sacarle el cuerpo a las hallacas.

Ahora que lo pienso, no es la hallaca; lo que no me gusta es saber lo que me voy a comer con tanta anticipación. Hacer hallacas, por muy pocas que se hagan, siempre nos condena a repetir el menú día tras día, y los hábitos gastronómicos me aburren sobremanera. Ese cuento de que la gente si no se toma, como autómatas, el café de la mañana no funciona, o que si falta ketchup en la mesa (aunque se estén comiendo unos scargots) no pueden comer, o que si no me desayuno con cereal y yogurt estoy frito, no lo entiendo. Yo que soy medio rebelde con respecto a los hábitos, no me como la arepa rellena (la voy picando en pedacitos que unto con lo que se supone es el relleno y cada bocado sabe diferente) me como el postre antes que la sopa, durante la comida o después, tomo vino blanco o tinto con carnes blancas o rojas, según amanezca de humor ese día, amo el pescado, pero un día puedo hacer cualquier cosa por un kippe crudo con cebolla y hierbabuena. Mi único hábito, y a ese no renuncio ni por vergüenza, es el picante.

La hallaca, tal vez, también me recuerde la locura venezolana, el mestizaje no sólo genético sino ideológico, la tendencia a mezclar la seriedad con la risa, así como lo salado con lo dulce, la inmensa necesidad de sentirnos hijos de la tierra (como el maíz) y al mismo tiempo, extranjeros, musiúes (como las pasitas, el vino y las aceitunas). Tal vez es que la hallaca es un espejo donde miro todas nuestras bellezas y todas nuestras debilidades. Tal vez la hallaca no me guste y me encante.

A propósito… El domingo hago hallacas…

Besitos

Para Tati, mi negra bellísima

-Dame un besito, negrura-
-No-
-Anda, chica… Uno solito-
-No-
-Dame un besito rico, mi negra maravillosa-
-No-
-¿Por qué?-
-Porque todavía están calientes, chico… Deja que se enfríen. Si empiezas a comer besitos de coco ahorita, te los vas a terminar todos antes de mediodía-
-No, negra… Yo quería de los otros besitos…-

Besitos de coco