Por ejemplo, viví mi infancia en la calle Codazzi de Los Chaguaramos, pero esta calle son realmente dos, pues una está del lado sur del río Guaire y la otra del lado norte, y la verdad, hay que ser muy perspicaz para darse cuenta de que la calle, con posibles poderes esotéricos, se desvanece para darle paso al río y se materializa de nuevo del otro lado con el mismo nombre; miles de veces, tuve que indicarle a algún despistado que, efectivamente, se encontraba en la calle correcta, pero que tenía que dar un vueltón para poder llegar al otro lado, donde también estaría en la calle correcta.
Algunos arrugaban la cara y cuestionaban una actividad tan pasiva e ingenua en una época de tanta malicia, otros juzgaban políticamente incorrecto que una mujer inteligente y con criterios propios, cultivara los placeres discretos y silenciosos de las manualidades, otros simplemente me decían que eso era de viejitas (aprendí a tejer a los 20 años) y que perdía mi tiempo. Mi grupo etario, marcado por los corsets de Madonna, la Perestroika y la Historia sin Fin, nunca fue sensible a los hilos. Yo, en cambio, cuando lo encontré, me encontré.
ARAÑAS CARAQUEÑAS, SALID DEL CLÓSET Y VENID A TEJER AL PARQUE DEL ESTE LOS SÁBADOS!!!




La síncopa del corazón




Bloqueo creativo
Una página en blanco al frente, varios días con desajustes en el sueño, poco apetito (que aprovecho para entregarme al ambiguo placer de la dieta), el final del semestre, la entrega del último trabajo, y no se me ocurre nada.
Busco mis fuentes de inspiración infalibles: visito youtube y me encuentro con La Shica, con Supertramp, con la Fania en su esplendor que me lleva a mis gatos y ellos aColette Calascione y su máscara felina (¿cómo alguien desconocido puede pintar algo que yo llevo por dentro?). Me provoca comer un perro caliente con salchicha alemana, o unos cascos de guayaba con queso brie, o kippe crudo con hierbabuena, o un pancito con tapenade.
La página sigue ahí y no sé si me mira con sarcasmo o con picardía, el asunto es que me mira.Busco a mi amado Klimt a ver si en su “Beso” me consigo de alguna manera; el suyo me lleva al de Juan Luis Guerra y aquella especie de ejercicio gestáltico-erótico-poético que siempre me deja sin habla y que me hace creer que sí, que deberían darle su premio nobel sólo por haber escrito semejante monumento a la lengua española.
Vuelvo a la página y no hay manera, blanco total.
“…Échale semilla a la maraca pa´ que suene, chá cuchá cuchucuchá cuchá” canta Héctor Lavoe, amor de mi vida vestido de navidad, haciéndole los coros a Cheo Feliciano. Mi mamá me pregunta si quiero salmón para el almuerzo y yo respondo que si. Hago lo de siempre: el montaje mental del plato, y sé que me voy a dar un gustazo con el salmón a la plancha (full de pimienta y término medio) y brócoli con vinagre y aceite de oliva. Con la boca hecha agua intento escribir algo, pero es inútil. Me mudo de género y busco a Dead Can Dance, me conmuevo hasta los huesos y considero la posibilidad de escribir que tengo una página en blanco al frente, varios días con desajustes en el sueño y poco apetito.
"El sibaritismos gastronómico unido a la inteligencia, contribuye a hacer a los hombres amables"


